Los gemelos quedaron sobre la mesa de acero inoxidable, aún sujetos al arnés, como si el mundo entero dependiera de esas hebillas de plástico.
Anna les acomodó las mantas con manos torpes. No sabía nada de armas, pero sabía reconocer el temblor del frío en un bebé. Les rozó la frente con los nudillos para medir la temperatura, como había visto hacer a las madres de medio Southie.
“Tranquilos, pequeños…”, murmuró, en un tono que ni ella reconoció. “Ya pasó. Están dentro. Están a salvo. Más o menos.”
No estaban a salvo. Ni ellos, ni ella, ni el hombre sangrando en su despensa.
Daniel soltó un gemido ronco cuando Anna arrancó con cuidado la chaqueta del traje. La tela de lana fina se había pegado a la carne por la sangre seca y la lluvia. Tuvo que morderse la mejilla para no pedirle perdón por cada tirón.
Debajo, la camisa blanca era un mapa de manchas rojas. Una mancha más oscura y densa se extendía desde el costado derecho, justo bajo las costillas.
“Necesitas un hospital”, dijo ella, más para sí misma que para él.
“Ya… te dije que no.” Sus párpados temblaron, pero los ojos azules siguieron ahí, clavados en ella, obstinados. “Si aparezco… en urgencias… no llego a ver… el amanecer.”
Anna tragó saliva. Miró la puerta de la cocina, el reloj junto al reloj de fichar, el teléfono fijo colgado en la pared. Eran las 2:23.
Podía llamar a emergencias, dejar el auricular descolgado, huir por la puerta principal y fingir que nunca lo había visto. No tenía nada que ver con ella. No sabía quién era ese hombre, no sabía de dónde venían los disparos, no sabía por qué la policía, según él, le había metido plomo en el cuerpo.
Pero sí sabía lo que pasaba con los gemelos si ella desaparecía de la ecuación.
Los miró. El que lloraba ahora hipaba en espasmos intermitentes, exhausto. El otro seguía callado, ojos muy abiertos, pupilas dilatadas como si intentara absorber cada luz de neón, cada sonido metálico de la nevera industrial.
“¿Cómo se llaman?”, preguntó, mientras arrancaba servilletas de papel y sacaba un trapo limpio del estante.
“Liam… y Jack.” Cada nombre fue una exhalación áspera. “Jack es el… ruidoso.”
Anna miró al bebé que lloraba.
“Figuras”, murmuró, y deslizó un dedo por la mejilla enrojecida del pequeño. El contacto pareció sorprenderlo. El llanto subió de volumen, más fuerte, más indignado, pero al menos sonaba a vida.
Dejó a los bebés un segundo y volvió junto a Daniel. Rompió la camisa con un cuchillo de cocina, cortando desde la botonadura hasta la costura lateral. El filo hizo un sonido seco contra los botones al caer al suelo.
La herida estaba peor de lo que pensaba. El orificio de entrada era un círculo negro y pulido, rodeado de carne hinchada. La sangre seguía saliendo, aunque más lenta, más espesa. Un disparo de lado, quizás. O varios. No quería mirar demasiado de cerca.
“Voy a presionar”, avisó, sin saber si era necesario advertir. “Va a doler.”
“Ya duele”, murmuró él. Aun así, cuando ella presionó con un manojo de servilletas dobladas, su espalda se arqueó y soltó un gruñido gutural que llenó la despensa.
Anna apretó más fuerte.
“Respira. Si te desmayas otra vez, no pienso cargarte hasta el coche. Ni siquiera tengo coche.”
Una chispa de algo parecido a humor cruzó por sus ojos.
“Tienes… mala… puntería… para amenazas”, dijo, arrastrando las sílabas.
“Y tú tienes una bala dentro. Estamos a mano.”
El sonido de la lluvia contra el cristal frontal del diner pareció lejano, irreal. El mundo se había reducido a la respiración pesada de Daniel, al pitido del refrigerador y al llanto irregular de Jack.
“¿Por qué la policía?”, soltó Anna de pronto. No era curiosidad. Era puro instinto de supervivencia. Si iba a mancharse de su sangre, quería saber contra quién se estaba metiendo. “¿Qué hiciste?”
Daniel tardó en contestar. Sus pestañas se mojaron de sudor.
“Nací… en la calle equivocada”, dijo al fin. “Luego… empecé a corregir el error.”
Eso no era una respuesta. Pero el tono con el que lo dijo hizo que a Anna se le erizara la piel.
“Southie no dispara a los suyos sin motivo”, insistió. “Ni siquiera los polis.”
Una mueca breve deformó la comisura de su boca.
“Southie no dispara a quien… cree que es suyo.”
La frase quedó flotando en el aire enrarecido de la despensa.
Anna intentó no pensar en los periódicos de la ciudad: titulares sobre redadas fallidas, policías “caídos en acto de servicio”, hombres sin nombre encontrados en el puerto. Ella servía café y tortitas a los que aún respiraban. No leía las páginas de sucesos. No quería reconocer caras.
“Mira, Daniel”, dijo, concentrándose en la herida. “No soy doctora. Lo máximo que he curado son cortes de cuchillo de cocina y manchas de grasa hirviendo. Puedo parar la hemorragia un rato, pero si la bala está dentro…”
“No… llames al 911.” Sus dedos buscaron a ciegas y encontraron su muñeca. Su agarre era sorprendentemente fuerte para un hombre medio inconsciente. “Hay un número. En mi teléfono. Llama a ese número. Di que… que Daniel Monroe necesita… recogida.”
Monroe.
El apellido cayó como un trozo de plomo en el estómago de Anna.
Había escuchado ese apellido susurrado en la barra del diner, en conversaciones a media voz entre tipos con nudillos marcados y camisas demasiado elegantes para South Boston. Monroe era uno de esos nombres que nadie escribía, pero todo el mundo conocía. Propietario de bares, almacenes, empresas de seguridad… y deudas.
“¿Monroe… como en Monroe Construction? ¿Monroe Security? ¿Ese Monroe?”
Su silencio fue suficiente respuesta.
Anna apretó los dientes.
Había traído a su cocina a un hombre al que temían hombres que a ella ya le daban miedo.
“Tu teléfono”, dijo, cediendo a la lógica brutal del momento. “¿Dónde está?”
Daniel movió ligeramente la cabeza hacia su cadera izquierda. Anna palpó el cinturón, encontró una funda negra pegada al interior de la chaqueta, sacó un móvil de última generación protegido por una carcasa rugosa. La pantalla se encendió con el toque de su dedo, pero mostraba un bloqueo.
“Código.”
“0–6–1–5”, murmuró él, sin dudar.
La fecha. 15 de junio. Anna lo memorizó sin querer mientras marcaba. La pantalla se desbloqueó mostrando una lista de contactos muy escueta. Solo nombres de pila, iniciales, números sin etiqueta.
Uno de ellos destacaba, marcado con una simple letra: “K”.
“¿K?”, preguntó.
“Kane.” Sus ojos se enturbiaron. “Dile… la frase.”
“¿Qué frase?”
“‘La ciudad arde al amanecer.’”
Anna parpadeó.
“Eso suena a película barata.”
“Solo… dilo.”
El llanto de Jack subió de tono, como si protestara por la pérdida de tiempo. Liam emitió un pequeño quejido, un sonido apenas audible, pero suficiente para que Anna notara el cambio.
El bebé silencioso empezaba a cansarse de ser valiente.
Marcó el contacto “K” y se llevó el teléfono a la oreja, sin soltar con la otra mano la presión sobre la herida.
La llamada no llegó a dar ni un tono.
“¿Sí?”, respondió una voz masculina, grave, tensa, como si estuviera ya a mitad de una pelea.
Anna tragó saliva.
“La ciudad arde al amanecer”, recitó, sintiéndose ridícula y aterrada al mismo tiempo.
Lo que fuera que estuviera al otro lado de la línea se quedó en silencio un segundo. Luego, el tono cambió.
“¿Dónde está?”, preguntó la voz. Ya no sonaba tensa. Sonaba mortalmente calmada.
“En… Ali’s Diner. En South Boston. En la despensa de la cocina. Está herido, está perdiendo mucha sangre, y… tiene a sus hijos con él.”
Otro silencio, esta vez acompañado de un suspiro apenas audible.
“Mantén presión sobre la herida. No lo dejes quedarse dormido. No llames a nadie más. Llegaremos en quince minutos.”
“Espera”, dijo Anna, de golpe consciente del agujero gigantesco en esa conversa
ción. “¿Quiénes ‘llegaremos’?”
Pero la llamada ya se había cortado.
Anna se quedó mirando la pantalla en negro, escuchando solo su propia respiración y el goteo de la sangre de Daniel en el suelo.
Quince minutos.
Quince minutos sola con un hombre que mandaba en medio Boston, dos bebés que no conocía y una promesa implícita de que gente como él iba a cruzar la puerta de servicio de su trabajo.
“Muy bien, Monroe”, murmuró, volviendo a clavar la mirada en él. “Tú no te mueres aquí. Ni encima de mi harina, ¿me oyes? Porque si me metes en tus líos y luego te vas al otro barrio…”
Él dejó escapar algo parecido a una risa débil.
“Te… prometo… que… no será… tan fácil”, susurró.
El monitor del reloj avanzó un minuto más.
Afuera, en algún lugar de la noche empapada, motores desconocidos arrancaban en dirección a Ali’s Diner.
Y Anna Bennett, camarera de veintidós años que hasta esa noche solo había peleado con platos sucios y clientes borrachos, apretó más fuerte el improvisado vendaje y entendió, sin saber cómo, que cuando el sol saliera por encima del puerto de Boston, nada en su vida volvería a ser lo mismo.