SU ESPOSO LA HUMILLÓ EN LA FIESTA… PERO NO SABÍA QUIÉN ESTABA ENTRE LOS INVITADOS… La fiesta estaba llena, luces, música y sonrisas que parecían perfectas. Entonces su propio esposo la humilló delante de todos. El salón quedó en silencio, pero alguien entre los invitados no apartaba la mirada y lo que ese hombre sabía cambiaría todo esa misma noche.
San Diego, California. El sol de la tarde caía sobre la mansión de los Ferrer como oro líquido. Las paredes blancas brillaban. Los jardines perfectamente cuidados mostraban flores de colores vibrantes y el agua de la piscina se entelleaba como un espejo turquesa. Era una casa de revista de esas que la gente común sueña tener algún día. Elena Ferrer caminaba descalza por el piso de mármol, sintiendo el frío bajo sus pies. Llevaba un vestido color coral que resaltaba su piel morena clara y su cabello oscuro caía suelto sobre sus hombros.

A sus 35 años seguía siendo una mujer hermosa, pero la luz de sus ojos grandes y expresivos se había ido apagando poco a poco, como una vela olvidada. Sus manos temblorosas acomodaban lirios blancos en un jarrón de cristal cuando escuchó el motor del auto de Julián. Su corazón dio un vuelco y sus dedos se paralizaron. No era amor lo que sentía, era miedo. “Respira, Elena, respira”, se dijo a sí misma tratando de calmar los latidos que retumbaban en su pecho.
La puerta principal se abrió y Julián entró como si el mundo le perteneciera. Alto, con su traje color blanco que resaltaba su piel bronceada, parecía salido de una revista de modas. Sin mirarla siquiera, dejó su maletín sobre la mesa. “¿Está lista la cena?”, preguntó con voz seca mientras revisaba su teléfono. Elena sintió un nudo en la garganta. Ni un hola ni un cómo estás. Solo exigencias. Siempre exigencias. Sí, preparé ese pollo con verduras que tanto te gustaba antes respondió con voz suave.
Julián levantó la mirada y la recorrió de pies a cabeza como quien evalúa un objeto. “¿Por qué usas ese vestido tan llamativo solo para estar en casa?”, dijo con disgusto. “Pareces desesperada por llamar la atención.” Elena bajó la mirada hacia su vestido coral. Era uno de los pocos que la hacían sentir bonita todavía. Uno que había comprado cuando aún se permitía existir sin pedir permiso. “Lo siento”, murmuró odiándose por disculparse. Durante la cena, el silencio pesaba como una losa.

Solo se oía el sonido de los cubiertos contra los platos. Elena miraba a su marido sin reconocerlo. ¿Dónde había quedado aquel hombre que una vez la miraba como si fuera un milagro? El que temblaba de nervios antes de sus presentaciones y le susurraba, “Sin ti no podría hacer esto. El hombre al que ella había ayudado a construirse desde cero. Verónica hizo un excelente trabajo con la presentación del nuevo proyecto”, comentó Julián rompiendo el silencio. El nombre de Verónica cayó como una piedra en el estómago de Elena.
La nueva directora de relaciones institucionales aparecía cada vez más en las conversaciones de su marido. ¿Es la presentación que revisamos juntos hace unas semanas? Preguntó Elena intentando sonar normal. Julián soltó una risa cruel que la hizo encogerse. Por Dios, Elena, eso era solo un borrador infantil. Lo que Verónica preparó es algo realmente profesional. La palabra profesional golpeó a Elena como una bofetada. Antes ella era su mayor apoyo, ahora era solo una aficionada molesta. Entiendo, dijo tratando de que la voz no se le quebrara.

Me alegro que tengas un buen equipo. Después de cenar, Julián se encerró en su estudio. Como cada noche. Elena recogió los platos en silencio, limpió la cocina y subió las escaleras hacia su dormitorio. Al pasar frente al espejo del pasillo, la mujer del reflejo la sorprendió. Cuando sus ojos se habían vuelto tan tristes, cuando sus hombros habían comenzado a encorvarse como si cargara el mundo. Esa noche, mientras Julián dormía, Elena recordó que necesitaba encontrar los documentos del seguro médico.