Me llaman hija devota, una santa que lo sacrificó todo, pero durante los últimos trescientos sesenta y cinco días me he sentido como una verdugo.-tuan - US Social News

Me llaman hija devota, una santa que lo sacrificó todo, pero durante los últimos trescientos sesenta y cinco días me he sentido como una verdugo.-tuan

La última silla del jardínMay be an image of road

En la residencia Santa Lucía había una silla de hierro blanco que nadie usaba.

Estaba en el extremo del jardín, debajo de un limonero viejo, con una pata un poco torcida y la pintura saltada por el sol. Las otras sillas siempre estaban ocupadas por visitas de domingo, por hijas con bolsos grandes, por nietos inquietos que miraban el reloj cada tres minutos. Pero esa no. Esa permanecía sola, como si estuviera reservada para alguien que nunca terminaba de llegar.

Don Ernesto la miraba todos los días desde la ventana de su habitación.

A veces la miraba durante horas.

No siempre recordaba en qué año estaba. No siempre recordaba si ya había desayunado. Algunas mañanas confundía a la enfermera con su hermana Julia, muerta hacía cuarenta años, y otras llamaba “mamá” a la mujer que venía a cortarle las uñas. Pero la silla… la silla la reconocía siempre.

—Ahí se sentaba Alma —decía en voz baja.

Nadie sabía quién era Alma.

La primera vez que lo mencionó, la enfermera Clara pensó que sería una hija, una hermana, quizás una esposa. Buscó en su expediente. No aparecía ninguna Alma. Solo una hija: Verónica, que vivía en otra ciudad y llamaba una vez por semana con la voz apurada de quien quiere amar pero no sabe cómo llegar a tiempo.

—¿Quién es Alma, don Ernesto? —preguntó Clara una tarde mientras le acomodaba la manta sobre las piernas.

El anciano tardó en responder. Sus manos, cubiertas de manchas y venas azules, descansaban quietas sobre el regazo.

—La que se quedó cuando todos se fueron.

Clara lo miró con la suavidad profesional que se aprende en los pasillos de los lugares donde la gente envejece lentamente.

—¿Su esposa?

Ernesto negó con la cabeza.

—No. Mi perra.

Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

Era una sonrisa pequeña, casi infantil, como una lámpara encendiéndose en una casa abandonada.

A partir de entonces, Clara empezó a oír el nombre cada vez más seguido.

—Alma odiaba la lluvia.
—Alma sabía cuándo me iba a dar uno de esos mareos.
—Alma no dejaba que nadie llorara solo.

La residencia estaba llena de historias que se rompían antes de terminarse. Nombres sin rostro. Fechas sin contexto. Recuerdos flotando como hojas sueltas. Pero lo de Alma era distinto. No estaba deshilachado. Cada vez que Ernesto hablaba de ella, algo en su voz se afirmaba. Su memoria se enderezaba. Como si, entre todas las puertas que la vejez le había ido cerrando, aquella siguiera abierta.

Clara empezó a sentarse con él junto a la ventana por las tardes.

—Cuénteme más —decía.

Y Ernesto contaba.

Decía que Alma no tenía raza ni modales ni ninguna de las virtudes que salen en los calendarios. Era grande, color canela, con una oreja caída y un andar torpe de animal rescatado demasiadas veces tarde. La encontró veinte años atrás, temblando debajo de un camión, con una cadena aún colgando del cuello. La llevó a casa “solo para darle agua”. Dos días después, ya dormía en el pasillo. A la semana, en el dormitorio. Al mes, en el lado izquierdo del sofá, que quedó oficialmente conquistado hasta el final de sus días.

—Nunca me obedeció del todo —decía Ernesto con un brillo divertido en los ojos—. Pero siempre me entendió.

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