Nunca Supo Lo Que Era Ser Amado… Hasta Que Un Obrero De Construcción Lo Rescató Del Infierno... Él creció siendo invisible dentro de su propia casa, soportando desprecio y golpes en silencio, hasta que un obrero de construcción lo miró a los ojos y reconoció algo que nadie más quiso ver. vinhprovip - US Social News

Nunca Supo Lo Que Era Ser Amado… Hasta Que Un Obrero De Construcción Lo Rescató Del Infierno… Él creció siendo invisible dentro de su propia casa, soportando desprecio y golpes en silencio, hasta que un obrero de construcción lo miró a los ojos y reconoció algo que nadie más quiso ver. vinhprovip

Nunca Supo Lo Que Era Ser Amado… Hasta Que Un Obrero De Construcción Lo Rescató Del Infierno… Él creció siendo invisible dentro de su propia casa, soportando desprecio y golpes en silencio, hasta que un obrero de construcción lo miró a los ojos y reconoció algo que nadie más quiso ver.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cállate, animal, un ladrido más y no comes hoy. La voz de don Ramón atravesó el patio de cemento como un látigo. Churro que había ladrado al ver pasar un gato por el otro lado de la reja. se encogió al instante, metió la cola entre las patas traseras y se apretó contra el suelo frío. Su corazón latía muy rápido dentro de su delgado pecho. Desde la puerta trasera de la ferretería, don Felipe asomó su cabeza calva.

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Otra vez ese perro inútil”, preguntó su voz tan áspera como la de su hermano. “Sí, ladra por cualquier tontería”, respondió don Ramón enrollando un periódico viejo que tenía en la mano. Churro vio el movimiento del periódico. Lo conocía bien. Su cuerpo empezó a temblar. No era un temblor grande, sino uno pequeño y constante, como si todo su interior fuera gelatina. Bajó la cabeza hasta tocar el cemento con el hocico. Sus ojos color avellana miraban de reojo, siguiendo los pies gruesos de don Ramón.

 

“Solo da gastos”, murmuró don Felipe, escupiendo al suelo del patio antes de desaparecer de nuevo dentro del local. La ferretería de los hermanos Ramón y Felipe era pequeña y estaba siempre en semipenumbra. Olía aceite, a metal y a polvo. Se llamaba fierrería. hermanos reyes y estaba en una esquina de la colonia Nápoles en Guadalajara. Afuera, el tráfico de la avenida hacía ruido todo el día. Adentro, los hermanos atendían a sus clientes con pocas palabras y mal humor.

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Churro no conocía otro lugar. Había llegado allí siendo un cachorro muy pequeño, una bola de pelo marrón claro que cabía en una mano. Un amigo de don Ramón se lo había regalado para que cuide el local. había dicho el hombre. Pero Churro nunca había aprendido a cuidar nada, solo había aprendido a tener miedo. Su mundo era ese patio rectangular de cemento. En un extremo, una pared descarapelada. En el otro, la puerta trasera de la ferretería, siempre cerrada.

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Y en el centro, atado a un clavo oxidado en la pared, el eslabón final de una cadena vieja y pesada. La cadena le permitía dar unos pocos pasos hacia un plato de aluminio, siempre vacío hasta última hora, y hacia un cuenco con agua que a veces tenía hojas o polvo. Don Ramón salió otra vez, esta vez con un puñado de tornillos en la mano. Pasó junto a Churro sin mirarlo. El perro se quedó completamente quieto, conteniendo la respiración.

 

Solo cuando la puerta se cerró, Churro dejó escapar un suspiro pequeño y tembloroso. El sol de la tarde calentaba el cemento. Churro buscó un pequeño parche de sombra que proyectaba la pared y se acostó allí. Puso su cabeza sobre sus patas delanteras. Desde su lugar podía ver un pedacito de cielo azul entre los techos de las casas. A veces pasaban pájaros. Él lo seguía con la mirada, en silencio. No ladraba, ya había aprendido.

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Dentro de la ferretería se oía la voz de los hermanos. Necesito tuercas de media pulgada”, dijo un cliente. “Allá en el tercer estante”, gruñó don Felipe. Churro cerraba los ojos, no dormía profundamente, solo descansaba un poco con un oído siempre alerta, listo para cualquier ruido fuerte, para cualquier paso que se acercara a él. Horas más tarde, la puerta se abrió de golpe. Don Ramón traía el plato de aluminio. Dentro había un montón de comida seca y gris.

 

No olía a nada bueno. Era el alimento más barato que los hermanos encontraban. A veces ni siquiera era para perros. Toma, dijo don Ramón dejando el plato en el suelo con un ruido metálico. Churro se acercó arrastrándose con la pancha pegada al suelo. No miró a don Ramón a los ojos. Empezó a comer rápido con ansia. Tenía mucha hambre. La comida le raspaba la garganta, pero él seguía comiendo. Don Ramón se quedó mirándolo un momento con las manos en la cintura.