Parte 2 — El destino que nunca imaginó

Cuando el avión aterrizó, Teresa aún tenía los ojos húmedos y el corazón latiendo con fuerza. Nunca en su vida había experimentado algo así. Sentía que todo era un sueño del que no quería despertar.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó, todavía tomando la mano de Paolo.
Marco sonrió, con esa misma mirada de niño que un día le dijo que quería volar.
—A un lugar especial, mamá.
La guiaron por el aeropuerto entre miradas curiosas y sonrisas cómplices de quienes ya conocían la historia. Afuera, un automóvil los esperaba.
Durante el trayecto, Teresa miraba por la ventana sin decir mucho. Todo parecía demasiado grande, demasiado distinto a su mundo de siempre.
Después de unos minutos, el auto se detuvo frente a una casa.

Pero no era cualquier casa.
Era amplia. Tenía un pequeño jardín al frente, con flores de colores. Las paredes estaban recién pintadas y el techo firme, sin láminas ni goteras.
Teresa frunció el ceño, confundida.
—¿Nos equivocamos de lugar?
Marco negó con la cabeza.
—No, mamá. Este es el lugar correcto.
Paolo se acercó y puso una llave en sus manos.
—Esta casa… es tuya.
El silencio fue inmediato.
—¿Mía?… —susurró, sin poder procesarlo.
—Sí —continuó Marco—. Durante años quisimos devolverte todo lo que diste por nosotros. Sabemos que nunca podremos pagar tu sacrificio… pero queríamos darte un hogar digno. Un lugar donde puedas descansar.

Teresa comenzó a temblar.
—Pero… yo ya tengo mi casita…
—Lo sabemos —dijo Paolo suavemente—. Pero esta vez no es sobrevivir, mamá. Es vivir.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.