El hombre se arrodilló a su lado. Tranquilo, tranquilo, amigo. El perro movió la cola muy despacio, como si todavía tuviera esperanza. El hombre intentó levantarlo, pero el animal era grande y su cuerpo parecía no tener fuerzas. Miró hacia el horizonte. El tren se acercaba rápidamente. Tenía segundos nada más. Tomó al perro por debajo del pecho. Intentó levantarlo, pero apenas logró moverlo unos centímetros. Vamos, vamos. El hombre respiraba agitado. Entonces decidió arrastrarlo. Tomó el cuerpo del perro con ambas manos y lo deslizó lentamente fuera del riel.

El perro soltó un pequeño gemido, pero no se resistió. Parecía entender que aquel hombre intentaba salvarlo. El metal de los rieles vibraba con fuerza. El tren estaba a punto de llegar. Un último esfuerzo. El hombre tiró con toda su fuerza y finalmente logró mover al perro lo suficiente para sacarlo del riel principal. En ese mismo instante, el tren pasó. El estruendo sacudió todo el valle. El viento golpeó con fuerza. El hombre cayó al suelo, el perro quedó a su lado.
Ambos respiraban con dificultad. Durante unos segundos, nadie se movió. El tren desapareció poco a poco en la distancia y el silencio regresó lentamente. El hombre miró al perro. El perro lo miró a él y por primera vez el animal intentó levantarse, pero sus patas volvieron a fallar. Ya pasó. Ya pasó. El hombre acarició su cabeza. Entonces recordó el collar, tomó la pequeña placa metálica, la limpió con el pulgar. Ahí estaba el nombre, Simón. Debajo del nombre había una dirección, una dirección del propio pueblo.

El hombre frunció el ceño. Conocía ese lugar. Todos en el pueblo lo conocían. Pero algo no encajaba. Porque si ese perro tenía dueño, ¿por qué estaba tirado en las vías? El hombre volvió a mirar al animal. Simón respiraba con dificultad, pero sus ojos seguían atentos, como si esperara algo o tal vez a alguien. Pero el hombre no era el único que estaba observando esa escena. Desde una pequeña casa cercana al campo, alguien más miraba hacia las vías.

era un anciano, un hombre llamado Don Ernesto. Y cuando vio al perro, su expresión cambió por completo, porque él sabía algo que el hombre aún no sabía. Don Ernesto había visto lo que ocurrió la noche anterior. Había visto un coche detenerse junto a las vías. Había visto la puerta abrirse y había visto a ese mismo perro bajar del vehículo. Pero lo que más le dolía recordar era lo que pasó después. El perro intentó seguir el coche, movía la cola, corría detrás de él, pero el coche aceleró y desapareció en la oscuridad… SI TE INTERESA EL ARTÍCULO, POR FAVOR DALE “ME GUSTA” Y COMPARTE ESTA HISTORIA, Y PULSA “ BIEN ” SI QUIERES LEER LA HISTORIA COMPLETA. GRACIAS.