Le arrancaron una oreja… pero no lograron arrancarle la forma en que seguía aferrándose al amor. -tuan - US Social News

Le arrancaron una oreja… pero no lograron arrancarle la forma en que seguía aferrándose al amor. -tuan

A Bruno no lo destruyó el ataque.

Lo destruyó la costumbre.

La costumbre del frío.

La costumbre del barro.

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La costumbre de pasar día tras día encadenado en un patio donde nadie hablaba con él.

Donde nadie lo tocaba con cariño.

Donde nadie parecía recordar que seguía vivo.

La gente suele pensar que el sufrimiento más grande es el golpe.

La herida.

La sangre.

Pero a veces el dolor más hondo es otro.

Es el abandono repetido.

Es aprender que no importa cuánto mires una puerta, nadie va a abrirla por ti.

Es entender que tu existencia cabe entera en un trozo de cadena y un rincón de tierra mojada.

Bruno había nacido fuerte.

Tenía el cuerpo ancho de un perro resistente y unos ojos oscuros que, antes de apagarse, debieron de estar llenos de curiosidad.

Nadie sabe cómo fueron sus primeros meses.

Nadie sabe si alguna vez durmió dentro de una casa.

Si alguna vez alguien le celebró la llegada.

Si alguna vez corrió por un patio solo por alegría.

Para cuando los vecinos empezaron a fijarse en él, Bruno ya pertenecía al paisaje del descuido.

Siempre estaba en el mismo sitio.

Junto a una pared húmeda.

Con un recipiente vacío o casi vacío.

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