Durante mi hora de almuerzo, regresé rápidamente a casa para cocinarle a mi esposa enferma. -tuan - US Social News

Durante mi hora de almuerzo, regresé rápidamente a casa para cocinarle a mi esposa enferma. -tuan

Cuando Mateo abrió la puerta del baño y vio a su esposa empapada, pálida y sostenida por los brazos de su primo Diego, lo primero que sintió no fue miedo, sino una punzada brutal de traición.

May be an image of text

Durante 3 segundos nadie se movió. El agua de la regadera seguía cayendo con una constancia insoportable, como si la casa entera se burlara de él, mientras un hilo rojizo se mezclaba con el jabón en las losetas blancas. Afuera, desde la avenida de Guadalajara donde estaba el departamento, subía el ruido lejano de los camiones y los vendedores, pero en ese baño pequeño el aire se había vuelto tan pesado que casi no se podía respirar.

Mateo acababa de regresar en plena hora de comida. Había salido de la oficina con el pretexto de revisar unos papeles, pero la verdad era otra: desde la mañana no podía dejar de pensar en Valeria. Ella llevaba 2 días con fiebre, mareos y una tos que le cortaba la voz. Antes de salir, él le había prometido que volvería un momento para prepararle caldo y revisar que tomara los medicamentos. En 3 años de matrimonio, no había sido el hombre más atento del mundo, pero aquella mañana sintió culpa de dejarla sola.

Por eso, al entrar al departamento y escuchar un golpe seco seguido por el ruido del agua, corrió hasta el baño sin imaginar que iba a encontrar una escena capaz de envenenarle la cabeza en un instante.

Valeria estaba recargada contra la pared, con el cabello mojado pegado a la cara y la respiración entrecortada. Diego, 27 años, primo de Mateo desde la infancia y casi un hermano para él, levantó las manos de inmediato, como si ya supiera que lo que parecía iba a destrozarlo todo.

—Mateo, escúchame primero —dijo Diego, con la voz temblorosa—. No es lo que crees.

Mateo no le respondió. Tenía la mandíbula tan tensa que le dolía. Miró a Valeria, buscando una explicación en sus ojos, pero ella apenas podía sostenerse.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó él al fin, en un tono bajo que asustaba más que un grito.

Valeria cerró los ojos por un segundo, como si hasta hablar le exigiera un esfuerzo inmenso.

—Me caí —susurró—. Me resbalé al salir de la regadera.

Mateo quiso creerle, pero algo dentro de él ya había estallado. No era solo la imagen frente a sus ojos. Eran también las palabras que llevaba semanas escuchando. Su madre, Ofelia, no perdía oportunidad para sembrar veneno.

—Esa muchacha se ve muy cómoda con Diego —le había dicho 2 veces en la última comida familiar.
—Tú trabajas demasiado. A veces los hombres descubren tarde lo que pasa dentro de su propia casa.

Él había tratado de ignorarla, pero las frases se quedaron clavadas. Y ahora, en aquel baño, con su esposa medio desnuda y su primo sosteniéndola de la cintura, todas esas sospechas regresaron de golpe como una estampida.

Diego dio un paso al frente, pero se detuvo al ver la expresión de Mateo.

—Escuché un golpe desde el pasillo —explicó rápido—. Vine porque dejaste las llaves del taller conmigo, ¿te acuerdas? Toqué la puerta y nadie abrió. Empujé y la vi tirada en el piso.

Valeria intentó moverse hacia Mateo, pero las piernas le fallaron de inmediato. Su cuerpo se venció y Diego la sujetó antes de que volviera a golpearse.

—¿Ves? —dijo Diego, casi suplicando—. Apenas puede mantenerse en pie.

Solo entonces Mateo notó el corte fino en el antebrazo de Valeria. La sangre se había mezclado con el agua, formando un hilo rosado que bajaba hasta su muñeca. También vio un moretón naciente cerca de la rodilla y la manera en que ella temblaba, no de nervios, sino de debilidad.

La vergüenza quiso entrar en su pecho, pero el orgullo todavía le cerraba el paso.

—¿Hace cuánto fue? —preguntó.

—Como 15 minutos —contestó Diego—. Tiene fiebre. El piso estaba mojado. Se desmayó tantito cuando quiso levantarse.

Valeria levantó la mirada hacia su esposo. No había rabia en sus ojos, y eso le dolió más. Había cansancio. Y una tristeza callada, casi humillante, como si el verdadero golpe no hubiera sido la caída, sino la sospecha que vio en la cara del hombre que amaba.

—Intenté llamarte —murmuró—, pero dejé el teléfono en el cuarto.

Mateo tragó saliva. De pronto el sonido del agua se volvió insoportable. Dio un paso hacia la regadera y la cerró. El silencio que quedó fue peor.

Read More