Cada tarde, después de que se cerraban las puertas del cementerio y se desvanecían los últimos pasos.... - nghia - US Social News

Cada tarde, después de que se cerraban las puertas del cementerio y se desvanecían los últimos pasos…. – nghia

En el cementerio de San Jerónimo, la gente se acostumbró a vivir el duelo de forma ordenada.

Flores frescas.

Cabezas dobladas.

Paraguas oscuros como la lluvia.

El murmullo de los zapatos sobre la piedra mojada.

No photo description available.

Una viuda que regresa cada domingo con lirios.

Un hijo que se arrodilla cada mes para limpiar el polvo de un nombre.

Un niño preguntaba en susurros si el abuelo aún podía oírle.

La tristeza era común allí.

Tenía rutinas.

Horarios.

Formas que tenían sentido para los vivos.

Lo que no tenía sentido, al menos no al principio, era el perro.

Era de un color crema pálido, casi blanco con cierta luz, aunque la suciedad y las inclemencias del tiempo habían atenuado hacía tiempo el brillo de su pelaje.

No era joven.

Eso resultaba evidente por la forma en que se levantaba con cuidado y por cómo una de sus orejas permanecía ligeramente doblada, como si la edad la hubiera endurecido a mitad de su vida.

Pero tampoco estaba quebrantado de la forma habitual en que se ven los perros callejeros.

Nada de saquear frenéticamente.

No ladrar territorialmente.

Sin paquete.

Nada de ritmos interminables.

Se comportaba como un animal, centrado en una sola tarea y sin interés en ninguna otra.

Aparecía cada noche.

A veces, antes del atardecer.

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