Parte 2…
Esa tarde intenté seguir con mi rutina, como si las palabras de Don Esteban no hubieran perforado algo dentro de mí. Me senté en mi escritorio en Manos Solidarias, saludé a los voluntarios, respondí llamadas… pero ya no veía lo mismo. Cada detalle parecía ligeramente fuera de lugar, como una fotografía mal encajada en un marco.
La contadora pelirroja —Claudia— estaba ahí, como siempre. Ordenada, impecable, con su perfume dulce y su sonrisa calculada. Me miró un segundo más de lo habitual.
—¿Se siente bien, señora Elena? —preguntó.

Asentí demasiado rápido.
—Sí, claro… solo un poco cansada.
Pero no era cansancio. Era una sensación creciente de peligro, como si alguien hubiera abierto una puerta invisible y ahora una corriente fría recorriera todo el edificio.
Recordé las palabras de Don Esteban: “Revisa los registros de donaciones.”
No tenía autorización para hacerlo… pero tampoco tenía nada que perder.
Esperé a que la oficina se vaciara un poco. A las cinco y media, cuando la mayoría se había ido, fingí que ordenaba archivos. Luego, con manos ligeramente temblorosas, me acerqué al escritorio de Claudia. Su computadora seguía encendida.
“Solo un vistazo”, me dije.
Los archivos estaban protegidos, pero no tanto como ella creía. Encontré una carpeta de donaciones recientes. Al principio todo parecía normal: nombres, montos, fechas… hasta que empecé a notar patrones.
Transferencias duplicadas.
Nombres repetidos con ligeras variaciones.
Cantidades que no coincidían con los recibos físicos.
Y luego lo vi.
Una serie de movimientos grandes… retirados en efectivo.
Mi pulso se aceleró.
Seguí bajando… y entonces apareció algo peor.
Mi nombre.
No como empleada… sino como responsable de autorización.
Sentí que el aire desaparecía.
—No puede ser… —susurré.
Alguien estaba usando mi identidad.
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O peor… me estaban preparando como chivo expiatorio.
Un ruido detrás de mí.
Cerré la carpeta de golpe.
—¿Buscaba algo?
La voz de Claudia.
Lenta. Suave. Peligrosa.
Me giré despacio. Ella estaba apoyada en el marco de la puerta, observándome con una sonrisa que ya no tenía nada de amable.
—Solo… ordenando —respondí.
Sus ojos bajaron un segundo hacia la computadora… y luego volvieron a los míos.
—Qué dedicada —dijo, acercándose un paso—. No todos se quedan después del horario.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que lo escucharía.
—Ya me iba —mentí.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Claro… —pausa—. Descanse. Es importante dormir bien… especialmente en estos días.
No pregunté a qué se refería.
No quería saberlo… todavía.
Salí del edificio intentando no correr. Afuera, la noche había caído más rápido de lo normal, o eso me pareció. Todo estaba más oscuro, más silencioso.
Y entonces recordé la última advertencia:
“No regreses a tu casa esta noche.”
Por primera vez en años, no supe a dónde ir.

Saqué mi teléfono. Pensé en mis hijos… pero estaban lejos. Pensé en algún hotel… pero el dinero apenas alcanzaba. Pensé en quedarme ahí, en la calle… hasta que una idea incómoda pero inevitable cruzó mi mente.
Volví la mirada hacia la banca frente a la biblioteca.
Don Esteban estaba ahí.
Esperándome.
Como si ya supiera que iba a necesitarlo.
Caminé hacia él con pasos inseguros.
—Tenía razón —le dije, casi sin voz—. Algo… está muy mal.
Él asintió lentamente, sin sorpresa.
—Lo sé.
—Usaron mi nombre… están robando… y creo que quieren culparme.
Don Esteban me miró con una seriedad aún más profunda que esa mañana.
—No “creen”. Ya lo hicieron.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Qué hago?
Hubo un silencio breve. El ruido lejano de la ciudad parecía apagado.
Entonces dijo algo que cambió todo:
—Primero… no estás a salvo aquí.
Se levantó con dificultad, pero con decisión.
—Y segundo… —añadió, mirándome fijamente— esto no empezó en la fundación.
Fruncí el ceño.
—¿A qué se refiere?

Él dudó… como si estuviera decidiendo cuánto debía decir.
—Tu esposo… Ernesto Cruz…
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué tiene que ver él?
Don Esteban respiró hondo.
—Mucho más de lo que crees.
El frío que sentí entonces no venía de la noche.
Venía de la certeza de que la vida que creía haber perdido… quizás nunca fue lo que pensé.
Y que la trampa… llevaba años cerrándose.