Lo dejaron en una gasolina una noche de lluvia y nadie volvió por él, pero el perro lo siguió sentado junto a los surtidores como si todavía creyera que aquel carro iba a regresar. -tuan - US Social News

Lo dejaron en una gasolina una noche de lluvia y nadie volvió por él, pero el perro lo siguió sentado junto a los surtidores como si todavía creyera que aquel carro iba a regresar. -tuan

La lluvia había empezado antes del cierre.

No era una tormenta feroz.

Era una de esas lluvias largas, pesadas, insistentes, que convierten una estación de servicio en un rectángulo de luz flotando en medio de la noche.

Los surtidores brillaban bajo el agua.

El piso reflejaba el letrero verde del techo.

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Los autos llegaban, cargaban combustible y se iban.

Y entre un vehículo y otro, sin que nadie supiera exactamente cuándo había aparecido, un perro canela se quedó quieto junto a la bomba número tres.

No ladraba.

No mendigaba de forma escandalosa.

No corría detrás de la gente.

Solo observaba.

Tenía el cuerpo mediano, las patas largas, el hocico fino y una expresión extraña, serena por fuera pero desgarrada en los ojos.

Era evidente que no era un perro salvaje.

Sabía acercarse sin molestar.

Sabía esquivar autos.

Sabía sentarse a una distancia prudente.

Demasiado educado para haber nacido en la calle.

Eso fue lo primero que pensó Rubén, el encargado del turno nocturno.

Lo vio desde la caja mientras revisaba unas facturas.

Al principio creyó que pertenecía a alguno de los clientes.

Después notó que seguía allí, incluso cuando los autos ya se habían ido.

Una hora más tarde, el perro seguía mirando hacia la entrada.

Cada vez que un coche doblaba hacia la estación, levantaba un poco la cabeza.

Cada vez que el coche se iba y nadie lo llamaba, volvía a bajarla.

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