Dios mío.
Se me heló la sangre al instante.
No era lo que me imaginaba.
No era la mano del señor Arnaldo.
No era Lucas.
Era… algo más.
Una sombra.
Pero no era una sombra cualquiera. Era como si la oscuridad misma hubiera tomado forma, aferrándose al cuerpo del señor Arnaldo como una segunda piel, respirando lentamente. Se movía de forma independiente, como si tuviera voluntad propia.
Abrí los ojos tanto que me dolían.
“¿Qué… es… eso?” susurré, con la voz quebrándose.
Lucas se incorporó sobresaltado.
Pero no podía apartar la mirada.
Aquella cosa… esa cosa… se deslizó por la espalda de su padre, como si buscara algo. Sus bordes eran borrosos, casi líquidos, y cada vez que se movía, la temperatura de la habitación parecía descender varios grados.
Entonces sucedió.
La sombra se detuvo.
Y lentamente… se giró hacia mí.
No tenía rostro.
Pero yo sabía que me estaba observando.
Sentí un frío que no era físico, sino algo más profundo, algo que me atravesó el pecho como una aguja helada.
“No…” murmuré, retrocediendo.
El señor Arnaldo frunció el ceño.
Pero en cuanto dijo eso, su voz cambió.
La situación empeoró.
Más… hueco.
Como si dos voces hablaran al mismo tiempo.
Lucas lo miró confundido.
—Papá… ¿estás bien?
El señor Arnaldo no respondió.
Sus ojos… ¡Oh, Dios mío!… sus ojos.
Se oscurecieron.
No completamente negro, sino apagado, como si algo detrás de ellos hubiera tomado el control.
La sombra se deslizó entonces desde su espalda… y cayó sobre la cama.
Y comenzó a gatear.
Hacia mí.
Grité.
Salté de la cama y caí al suelo, golpeándome la rodilla, pero no sentí dolor.
—¡NO TE ACERQUES MÁS!
Lucas se puso de pie de repente.
—¡¿Qué demonios está pasando?!
Pero justo cuando intentaba dar un paso, su padre lo agarró del brazo con brutalidad.
—No te muevas.
No fue una orden.
Fue una amenaza.
Y esa voz… no era del todo suya.
La sombra se movía lentamente sobre las sábanas, deformando la tela a su paso, como si fuera un líquido espeso.
Retrocedía a gatas, con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que iba a explotar.
—Esto… esto no es una tradición —dije, con lágrimas en los ojos—. Esto es otra cosa…
El señor Arnaldo giró la cabeza hacia mí de una manera antinatural, con demasiada rigidez.
—Toda tradición… tiene un origen.
Un profundo silencio inundó la habitación.
Lucas tragó saliva con dificultad.
—Papá… ¿qué hiciste?
Por primera vez… el señor Arnaldo vaciló.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—No… tuve otra opción —murmuró.
La sombra se detuvo.
Y entonces… habló.
Sí.

HABLAR.
Pero no con palabras normales.
Era un susurro que parecía provenir de todas partes al mismo tiempo.
—Sangre… continuidad… promesa…
Me tapé los oídos.
¡SIMPLEMENTE ES ASÍ!
La lámpara comenzó a parpadear violentamente.
La habitación tembló.
Y entonces, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible, la sombra se abalanzó sobre mí.
Pero en el último segundo…
Lucas intervino.
—¡NO LA TOQUES!
La sombra se estrelló contra él.
Y en ese momento…
Lucas gritó.
Un grito desgarrador, lleno de puro dolor.
Su cuerpo se tensó, como si algo invisible lo estuviera atravesando.
—¡LUCAS!
Corrí hacia él, pero el señor Arnaldo me apartó.
-¡No!
—¡Suéltame!
—¡No lo entiendes! —gritó, desesperado—. ¡Si lo interrumpes, solo empeorará!
—¿¡PEOR QUE ESTO?!
La sombra envolvía parcialmente a Lucas, como si intentara penetrar en él.
Su piel palideció.
Sus ojos… vacíos.
—Amor… —susurré, temblando—. Aguanta…
El señor Arnaldo cayó de rodillas.
“Perdóname… perdóname…” repitió. “Yo también pasé por esto…”
Sentía que algo no estaba bien.
-¿Qué quieres decir?
Ella levantó la vista, con los ojos llenos de culpa.
—Mi padre… me hizo lo mismo.
El mundo pareció detenerse.
-¿Eso?
—Y su padre antes que él… —continuó—. Es un pacto. Una maldición. Algo que se transmite la primera noche… para asegurar el “linaje masculino”.
—Eso no tiene sentido —dije, horrorizada—. ¡Eso es… eso es monstruoso!
—Lo sé… —susurró—. Pero si no se hace… la entidad tomará algo peor.
La sombra se agitó violentamente, como si hubiera oído esas palabras.
Lucas volvió a gritar.
Y luego…
Se hizo el silencio.
Total.
La sombra desapareció.
Así de simple… sin más preámbulos.
Lucas cayó al suelo inconsciente.
Corrí hacia él.
—¡Lucas! ¡Lucas, despierta!
Él estaba respirando.
Pero débilmente.
El señor Arnaldo permaneció inmóvil, con la mirada perdida en el vacío.
—Eso es todo —dijo—. Ya lo ha elegido.
—¿Qué… elegiste?
No respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz apenas era un susurro.
—El contenedor.
Sentí un nudo en el estómago.
-¿OMS?
Lentamente alzó la mirada.
Y me miró.
El mundo se rompió en ese instante.
“No…” Di un paso atrás. “No… eso no puede ser…”
“Ahora tú también formas parte de esto”, dijo. “Como mi madre lo fue… como su madre antes que ella…”
-¡NO!
Me levanté y corrí hacia la puerta.
Lo abrí de repente.
Pero…
No había nada.
Solo oscuridad.
La casa… ya no era la misma.
Las paredes parecían más largas, los pasillos deformes.
Como si estuviera atrapada en otro lugar.
—No puedes irte —dijo la voz a mis espaldas.
No era el señor Arnaldo.
Era… esa cosa.
Me giré lentamente.
Y ahí estaba.
Ya no es como una sombra difusa.
Ahora tenía forma.
Humano.
Pero incorrecto.
Demasiado alto.
Demasiado delgada.
Con extremidades que no encajaban bien.
Y una cara…
Que no debería existir.
—Promesa… cumplida —susurró.
Sentí que mis piernas dejaban de responder.
Caí al suelo.
-¿Qué quieres de mí?

Se inclinó hacia mí.
-Continuar.
Las lágrimas corrían por mi rostro.
—¿A qué precio?
No respondió.
Pero no era necesario.
Lo entendí.
Todo.
La tradición.
El sacrificio.
La mentira.
Nunca se trató de tener un hijo.
Se trataba de mantener algo vivo.
Algo antiguo.
Un poco de hambre.
Cerré los ojos.
Y luego…
Escuché algo.
Una voz.
Débil.
—No… no lo hagas…
Abrí los ojos.
Lucas.
Estaba despierto.
Débil, pero consciente.
—Lucas…
—Escúchame… —dijo con esfuerzo—. Mi padre… nunca rompió el ciclo…
—¿Cómo se rompe? —pregunté, desesperado.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Negándolo.
El señor Arnaldo gritó.
-¡NO!
—¡Eso es mentira! —dijo—. ¡Si lo haces, todos moriremos!
La criatura se detuvo.
Como si estuviera mirando.
Espera.
Una decisión.
Respiré hondo.
Mi corazón latía con fuerza.
Miré a Lucas.
Luego, al señor Arnaldo.
Y finalmente…
Sobre eso.
—No—dije.
Silencio.
—No voy a continuar con esto.
La criatura se puso tensa.
—No… —repitió, esta vez con firmeza—. No soy tu recipiente.
La habitación tembló violentamente.
-¡NO!
La entidad gritó.
Un sonido inhumano y desgarrador.
Las paredes comenzaron a agrietarse.
El aire se volvió denso.
“¡¿Qué hiciste?!” gritó el señor Arnaldo.
Pero ya era demasiado tarde.
La criatura comenzó a desintegrarse.
Como si su forma no pudiera mantenerse.
—Promesa… rota…
“¡Sí!”, grité. “¡Roto!”
Lucas se arrastró hacia mí.
Me tomó de la mano.
-Juntos.
La luz explotó.
Un destello blanco.
Y luego…
Silencio.
Cuando abrí los ojos…
Era de día.
La habitación estaba intacta.
Lucas estaba a mi lado.
Señor Arnaldo… no.
Nunca encontramos su cuerpo.
Ni ninguna explicación.
Solo cambió una cosa.
La casa… se sentía vacía.
Como si algo hubiera sido arrancado de raíz.
Para siempre.
Meses después, nos mudamos muy lejos.
Muy lejos.
A otra ciudad.
Lo sucesivo.
Pero a veces…
En las noches más tranquilas…
Siento algo.
Un recuerdo.
Un escalofrío.
Y aunque todo terminó…
Una cosa sí sé con seguridad.
Algunas tradiciones…
Nunca debieron haber existido.