La única que se alegraba al oír sus pasos.
La única que dormía junto a su cama cuando la tos no lo dejaba descansar.
Por eso había ahorrado semanas para esterilizarla.
Moneda por moneda.
Renunciando a un refresco.
A un pasaje.
A un pedazo de carne.
No lo hizo por moda.
Ni para quedar bien con nadie.
Lo hizo porque sabía lo que pasaba con las perritas del barrio.
Camadas abandonadas.
Cachorros atropellados.
Perros en la basura.
Y porque la quería viva.
Tranquila.
Segura.
Cuando doblaron la segunda calle, Don Pancho empezó a arrastrar un poco el pie derecho.
La vecina lo notó enseguida.
—Usted también está mal.
—Nomás me jaló la cintura —mintió él.
Pero no era cierto.
Había algo peor.
Cada paso le estaba arrancando el aire.
La operación de Canela había costado más de lo que él esperaba.
Y para completar el dinero, llevaba dos días sin tomar bien sus propias medicinas.
Las de la presión.
Las del corazón.
No se las había comprado para no tocar el sobre donde guardaba lo de la perrita.
La vecina sintió un escalofrío.
—¿Desde cuándo no se toma su tratamiento?
Don Pancho no contestó.
No hizo falta.
Su silencio lo dijo todo.
La mujer de la tienda se persignó.
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El muchacho miró al piso.
De pronto ya no parecía solo la historia de un hombre cargando a su perrita.
Era algo más duro.
Más incómodo.
Más parecido a una acusación.
Porque un anciano estaba poniendo el cuerpo por un ser indefenso… mientras un barrio entero había aprendido a mirar sin involucrarse.
Cuando al fin llegaron al callejón donde vivía, la puerta de su casa estaba cerrada con un candado viejo.
Una fachada de bloques sin pintar.
Un techo de lámina.
Una ventana tapada con cortina desteñida.
No era miseria absoluta.
Era algo peor.
Era dignidad peleando cada día por no romperse.
La vecina lo ayudó a entrar.
Adentro olía a pomada, jabón y comida guardada.
Había una mesa coja.
Dos sillas.
Una cama angosta.
Y junto a ella, una caja forrada con una cobija.
La cama de Canela.
Ya estaba lista desde antes de salir al veterinario.
Con un plato limpio.
Un trapo doblado.
Y una botellita de agua al lado.
Don Pancho se hincó como pudo.
Entre todos le ayudaron a bajar la estructura.
Él acomodó a Canela en su cajita con una delicadeza que hizo llorar a la tendera.
Le revisó la venda.
Le acarició el hocico.
Le habló bajito.
—Ya, mi niña… ya estás en casa.
Canela levantó apenas la cabeza y le lamió los nudillos.
Solo una vez.
Pero bastó.
Don Pancho sonrió.
Y entonces se desplomó.
No cayó de golpe.
Primero se le fue el color.
Luego la mano buscó la mesa.
Después las piernas cedieron.
La vecina gritó.
El muchacho lo alcanzó antes de que se golpeara la cabeza.
—¡Don Pancho!
No respondía.
Tenía los labios pálidos.
El pecho subiendo apenas.
La tendera salió corriendo a pedir ayuda.
Ahora sí hubo prisa.
Ahora sí hubo manos.
Ahora sí hubo quien ofreciera carro.
En menos de tres minutos, el mismo barrio que antes lo había dejado caminar solo estaba reunido dentro y fuera de su casa.
Uno llamó a una ambulancia.