Mateo no levantó la voz ni dio un paso en falso, pero algo en su postura hizo que el aire alrededor se volviera más pesado, como si todo estuviera a punto de romperse.
Sostuvo la carpeta azul con una calma que no le conocía, y por un instante pensé que todo aquello era demasiado grande, demasiado irreversible para comprenderlo en ese momento.

Mi madre intentó hablar primero, con esa autoridad que siempre había usado para aplastarme desde pequeña, pero su voz salió más baja de lo normal, casi insegura.
—Mateo, esto no es lo que parece —dijo, cruzándose de brazos como si aún tuviera el control—. Lucía está exagerando, como siempre ha hecho.

Mateo no la miró.
Se agachó ligeramente frente a mí, acomodó la mochila portabebés con cuidado, y con una delicadeza que contrastaba con la tensión del momento, verificó que Valeria respirara tranquila.
Luego me sostuvo el rostro con ambas manos.
—¿Puedes mantenerte despierta? —preguntó en voz baja.
Asentí apenas, aunque la verdad era que todo me daba vueltas, y el dolor en el abdomen ya no era solo físico, era una presión constante, como si algo dentro de mí estuviera cediendo.