Bajo la lluvia torrencial, aferrado a un pequeño montón de croquetas empapadas, el perro parecía custodiar lo último que le quedaba en este mundo… como si supiera que, si cerraba los ojos, nadie volvería a mirarlo jamás. vinhprovip - US Social News

Bajo la lluvia torrencial, aferrado a un pequeño montón de croquetas empapadas, el perro parecía custodiar lo último que le quedaba en este mundo… como si supiera que, si cerraba los ojos, nadie volvería a mirarlo jamás. vinhprovip

Bajo la lluvia torrencial, aferrado a un pequeño montón de croquetas empapadas, el perro parecía custodiar lo último que le quedaba en este mundo… como si supiera que, si cerraba los ojos, nadie volvería a mirarlo jamás.

 

En el mercado de San Jerónimo todos lo conocían, aunque nadie sabía realmente cómo se llamaba.

 

 

 

 

 

 

Era aquel perro de pelaje color miel, tan flaco que daba miedo verlo, con la piel ceñida a los huesos y una pata trasera que arrastraba cuando el cansancio le vencía. Siempre aparecía entre los puestos al amanecer, antes de que llegaran los primeros clientes, recorriendo el suelo húmedo con el hocico en busca de migajas, espinas o algún trozo de tortilla reseca.

 

Nunca ladraba.

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Nunca mordía.

 

Nunca peleaba por comida.

 

Se limitaba a observar desde lejos, con unos ojos cansados, viejos antes de tiempo, como si la vida le hubiera enseñado demasiado pronto que incluso pedir ternura podía acabar en dolor.

 

Pero meses atrás había sido diferente.

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Antes de quedarse solo, caminaba siempre detrás de un anciano que empujaba un carrito repleto de cartones, latas y botellas vacías. El viejo dormía bajo un techo de lámina, al fondo de la calle, junto a un taller abandonado. Era pobre, torpe al hablar y lento al andar, pero cada noche guardaba para el perro un poco de arroz, un hueso hervido o las sobras de algún guiso aguado.

 

A veces le hablaba como si estuviera conversando con un igual.

 

—Tú y yo somos de los que el mundo deja al margen, compañero… pero mientras sigamos juntos, todavía resistimos.

 

El perro no comprendía las palabras.

 

Comprendía la voz.

 

Comprendía la mano áspera acariciándole la cabeza.

 

Comprendía que, por primera vez en muchísimo tiempo, alguien no intentaba echarlo a patadas.

 

Y entonces el viejo murió.

 

No hubo despedida.

 

No hubo un entierro digno.

 

Una mañana lo encontraron inmóvil, recostado junto a la pared del taller, con la espalda torcida y la mano abierta muy cerca del lomo del perro. Un camión municipal se llevó el cuerpo en menos de una hora. Nadie hizo preguntas. Nadie lloró. Nadie se quedó.

 

Nadie, excepto el perro.

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