Cada noche, cuando el cementerio quedaba en silencio y hasta el viento parecía caminar más despacio, -tuan - US Social News

Cada noche, cuando el cementerio quedaba en silencio y hasta el viento parecía caminar más despacio, -tuan

La primera vez que Rubén lo vio, pensó que era una coincidencia.

Un perro blanco.

Grande.

Flaco.

Dormido sobre una tumba recién mojada por la lluvia de la madrugada.

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No era una imagen normal.

Pero los cementerios están llenos de cosas que uno termina aceptando con el tiempo.

Rubén llevaba diecisiete años trabajando allí.

Había visto familias romperse frente a una lápida.

Había visto personas que iban todos los domingos durante años y luego dejaban de aparecer de un día para otro.

Había visto flores frescas volverse plástico descolorido.

Promesas convertirse en silencio.

Y nombres perder visitantes hasta quedarse solos.

Por eso, cuando vio al perro acostado sobre aquella piedra negra, no sintió miedo.

Sintió curiosidad.

Era muy temprano.

Apenas estaba abriendo el portón lateral.

El aire olía a tierra húmeda, hojas viejas y mármol mojado.

Los pasillos de piedra seguían resbalosos.

Los nichos del fondo aún estaban cubiertos por una neblina baja que convertía todo el camposanto en un sitio suspendido, a medio camino entre la noche y la mañana.

Rubén llevaba una escoba al hombro y un manojo de llaves colgando de la cintura.

Al acercarse, el perro ni siquiera levantó la cabeza.

Solo abrió un ojo.

Lo observó.

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