Cada tarde, el perro se sentaba frente a la parada con una paciencia que partía el alma… -tuan - US Social News

Cada tarde, el perro se sentaba frente a la parada con una paciencia que partía el alma… -tuan

Cada tarde, a las cinco menos diez, el autobús de la línea comarcal giraba en la curva de la plaza y entraba en la calle principal con el mismo rugido cansado de siempre.

Mateo conocía de memoria cada bache.

Cada semáforo.

Cada anciano que alzaba la mano antes incluso de que el vehículo frenara del todo.

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Llevaba once años cubriendo esa ruta.

Y si había aprendido algo en ese tiempo, era que los pueblos pequeños no cambian deprisa.

Las mismas caras.

Las mismas ventanas abiertas.

Las mismas conversaciones repetidas en el bar de la esquina.

Por eso tardó tan poco en darse cuenta de que había algo fuera de lugar.

No fue el primer día.

Ni siquiera el segundo.

Fue la constancia lo que lo golpeó.

Un perro grande, color trigo, sentado junto a la parada de la calle San Telmo, siempre en el mismo sitio.

No olisqueaba papeleras.

No seguía a los niños.

No corría detrás de las bicicletas.

Solo esperaba.

Al principio, Mateo pensó que pertenecía a alguien de la zona y que simplemente se escapaba por costumbre.

Pero el tercer día de lluvia, cuando vio al animal completamente empapado y aun así clavado frente al bordillo, sintió una incomodidad extraña.

No era normal.

Ni la postura.

Ni la quietud.

Ni esa forma casi humana de mirar las puertas del autobús antes incluso de que se abrieran.

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