La lluvia había empezado antes del amanecer.
No con violencia.
No con estruendo.
No con esa clase de tormenta que avisa desde lejos que viene a romperlo todo.
Comenzó suave.
Persistente.
Como si el cielo hubiera decidido no cerrar nunca más.
En la granja de Don Eusebio, el primer charco apareció junto al gallinero.
Luego otro cerca del aljibe.
Después una corriente delgada cruzó el patio y se metió entre las botas de hule que él había dejado bajo el corredor la noche anterior.
A sus setenta y ocho años, Don Eusebio ya no se movía rápido.
Pero sabía leer el agua.
Había vivido demasiados inviernos en esa tierra como para no entender cuándo una tormenta era solo lluvia y cuándo era amenaza.
Abrió la puerta.
Miró el potrero convertido en una sábana gris.
Miró el canal del fondo.
Demasiado lleno.
Demasiado oscuro.
Demasiado vivo.
Detrás de él, Bongo soltó un quejido bajo.
Era un Golden Retriever viejo.
Grandote todavía.
Hermoso todavía.
Pero viejo.
Con el hocico blanco.
La cadera gastada.
Las patas rígidas por la artritis.
No corría ya.
No saltaba.
Subir un escalón le tomaba más tiempo que antes.
Aun así, seguía a Don Eusebio a todas partes.
A la cocina.
Al corral.
Al porche.
A la silla donde el anciano tomaba café mirando el camino.

Y sobre todo a la habitación.
Porque desde que murió Rosalba, la esposa de Don Eusebio, Bongo había adoptado la costumbre de dormir junto a la cama.
No arriba.
No demasiado cerca.
Solo a un lado.
Como un guardia silencioso.
Como si entendiera que hay noches en que una casa necesita otro latido para no desmoronarse.
Aquella mañana, Don Eusebio puso agua a hervir.
No porque tuviera hambre.
Sino porque a la gente del campo le cuesta aceptar el peligro sin antes cumplir con la rutina.
Sirvió café.
Partió un pedazo de pan duro.
Le habló a Bongo como lo hacía siempre.
No te me preocupes, viejo.
Nomás va a llover fuerte.
Pero el perro no se apartó de la puerta.
Tenía esa mirada fija que los perros ponen cuando ya entendieron algo que los humanos aún están tratando de negar.
A las nueve de la mañana, el agua ya había llegado al primer escalón del corredor.
A las diez, flotaban hojas, ramas y un balde rojo en mitad del patio.
A las once, el vecino de la parcela contigua gritó desde lejos que el puente del camino viejo ya no se veía.
Don Eusebio salió con el impermeable negro.
Intentó mover unos costales.
Subir unas herramientas.
Amarrar dos puertas de lámina.
Salvar algo.
Siempre intentamos salvar algo antes de aceptar que quizá nos tocará salvarnos a nosotros mismos.
Bongo lo seguía despacio.
Pisando con cuidado.
Resbalando un poco.
Pero negándose a quedarse atrás.
Cuando el agua le llegó a media pantorrilla dentro de la cocina, Don Eusebio supo que ya no podía fingir.
Sacó una lona negra de la bodega.
Unas cuerdas.
Una radio vieja que apenas encendía.

Dos botellas de agua.
Una linterna.
Y una foto de Rosalba que colgaba junto al aparador.
No agarró ropa.
No agarró dinero.
No agarró documentos.
Subió lo que pudo por la escalera exterior hacia el techo de concreto.
Primero arrojó la lona.
Después la radio.
Luego subió él, agarrándose con más dificultad de la que habría admitido delante de nadie.
Abajo quedó la casa.
Medio viva todavía.
Pero ya tomada por el agua.
Entonces miró a Bongo.
El perro estaba abajo.
Mojado.
Mirándolo.
Esperando la orden de siempre.
Ven.
Pero Bongo no podía trepar.
Y el tiempo para pensar se había terminado.
Don Eusebio volvió a bajar hasta el último descanso de la escalera, con el agua golpeándole las piernas y la corriente empujando cosas contra las paredes.
Se inclinó.
Metió ambos brazos bajo el cuerpo pesado del perro.
Bongo soltó un quejido.
No de miedo.
De dolor.
La artritis, el frío, el peso, la postura.
Todo le dolía ya.
Lo siento, viejo, murmuró Don Eusebio.
Lo siento, pero me subes contigo.
Lo cargó como pudo.
No con elegancia.
No con fuerza de héroe.
Con esa terquedad lenta de los hombres que no aceptan perder lo que aman.

Escalón por escalón.
Resbalando.
Respirando mal.