Durante veintiuna noches, la perra no soltó el viejo conejo de felpa ni siquiera cuando-tuan - US Social News

Durante veintiuna noches, la perra no soltó el viejo conejo de felpa ni siquiera cuando-tuan

La lluvia llevaba tres días cayendo sin fuerza y sin pausa.

No era una tormenta.

Era peor.

Era esa llovizna fría que no hace ruido, pero lo empapa todo.

Las cercas.

Los techos.

Los árboles pelados.

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Las mangas de los abrigos.

Y aquella mañana también empapaba a una perra sola que caminaba por el centro de una calle casi vacía con un conejo de felpa colgando de la boca.

El primero en verla fue un repartidor de pan.

Pensó que estaba perdida.

El segundo fue un hombre que salía rumbo al trabajo.

Pensó que pertenecía a alguien del barrio.

La tercera fue una niña que esperaba el autobús escolar.

Ella fue la primera en darse cuenta de que no iba jugando.

La perra caminaba demasiado despacio.

Demasiado recta.

Demasiado callada.

No levantaba la cabeza para mirar a nadie.

No olfateaba las bolsas de basura.

No se detenía junto a los jardines como hacen los perros curiosos.

Solo avanzaba.

Y protegía ese conejo viejo como si dentro llevara algo más importante que el relleno húmedo que se escapaba por el costado.

Para la hora del almuerzo ya media calle hablaba de ella.

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