El camión pasó tan cerca que levantó polvo y papeles.
La vecina dejó de grabar.
—¡Cuidado! —gritó al fin, pero el grito llegó tarde.
Don Pancho quedó inclinado, temblando, con la espalda vencida por el peso y el susto.
Canela lloriqueó.
Un sonido pequeño.
Que dolía más que un alarido.
Él la apretó contra sí como pudo, respirando con dificultad.
—Perdóname, mi niña… perdóname tantito… ya merito llegamos.
Y fue esa frase, dicha con la voz rota, la que por fin empezó a romper algo en la calle.
El bolero de la esquina se levantó primero.
Luego salió la mujer de la tienda.
Después un muchacho que minutos antes había fingido no ver nada cruzó la avenida con la cabeza baja.