la pensión de su propia hermana. “¿Y qué pasa con los 2000 empleados de limpieza y mantenimiento?”, suplicó Héctor, sudando frío. “Esos pobres diablos se van a morir de hambre
antes de darse cuenta de que sus fondos no existen”, se burló Arturo. “Firma ya”. Mateo esperó a que los 2 hombres entraran al corporativo. Con las manos temblando de
rabia y decepción, sacó 1 pequeña libreta donde anotaba el peso del aluminio y escribió cada cifra, cada nombre y cada palabra que había escuchado. 147 millones. 8 años. Tío
Héctor. Arturo Garza. Islas Caimán. El niño sabía que si le contaba a su madre, ella le rogaría que no se metiera en problemas. Durante 3 días, Mateo investigó en
la biblioteca pública, cruzando datos con los reportes financieros que recogía de la basura. Descubrió que el robo afectaba a don Chema, el guardia de 70 años que llevaba 43
años trabajando en la torre y que soñaba con conocer las playas de Acapulco; a doña Carmen, la señora de los tamales; y a su propia madre. El jueves siguiente,
Mateo encontró la prueba reina: 1 caja de archivo muerto que Héctor, en su nerviosismo, había olvidado triturar. Adentro había 140 páginas de transferencias internacionales con las firmas originales de
Arturo Garza y de su tío Héctor. Había 2 contabilidades: 1 falsa para el gobierno y 1 real que mostraba la cuenta en ceros. El niño supo que ir a
la policía no serviría; los ricos compraban a los jueces. Necesitaba exponerlos frente a los únicos que a Garza le importaban: los inversionistas extranjeros. Llegó el día de la asamblea
anual. Mateo burló la seguridad y entró al salón principal vistiendo 1 camisa remendada. Al verlo, Arturo Garza detuvo su presentación de diapositivas y soltó aquella carcajada cruel, ordenando que
lo echaran. Pero Mateo, sosteniendo el sobre manila, estaba a punto de soltar 1 bomba que haría temblar los cimientos de ese imperio corrupto. Nadie en esa inmensa sala de
cristal estaba preparado para la pesadilla que estaba a punto de desatarse… PARTE 2 “¿Qué esperas, seguridad? ¡Sáquenlo a patadas!”, gritó Arturo Garza, perdiendo la paciencia mientras 2 guardias enormes se
acercaban a Mateo. Antes de que las manos de los guardias pudieran tocar los hombros del niño, 1 voz femenina, firme y autoritaria, cortó el aire denso del salón. “¡Deténganse
de inmediato!”. Era la licenciada Patricia Mendoza, directora de cumplimiento normativo y una de las abogadas más temidas del distrito financiero. Patricia caminó por el pasillo central, sus tacones resonando
contra el mármol, y se interpuso entre los guardias y el niño. Había conocido a Mateo 30 minutos antes en el vestíbulo, cuando él, con desesperación, le mostró 1 copia
de los estados de cuenta falsificados. “Patricia, ¿qué demonios significa esto?”, exigió Arturo, ajustándose la corbata de seda, con el rostro enrojecido de ira. “Significa, Arturo, que este niño tiene
información que todos los presentes, incluidos los reguladores de la Comisión Nacional Bancaria que nos acompañan hoy, necesitan ver con urgencia”, respondió ella. Sin darle tiempo al director de reaccionar, Patricia