El embalsamador que examinó el cuerpo de Carlo Acutis calló 10 años lo que encontró lo dejó rodillas.-tuan - US Social News

El embalsamador que examinó el cuerpo de Carlo Acutis calló 10 años lo que encontró lo dejó rodillas.-tuan

Durante 10 años, Luca Ferrante no le contó a nadie lo que encontró aquella mañana en la sala de preparación de la Basílica de Santa Maria degli Angeli, en Asís.

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Ferrante era embalsamador. Había pasado 28 años preparando cuerpos para funerales, velorios y exhibiciones públicas por toda Italia. Había tocado la piel de más de 600 personas fallecidas. Conocía el olor de la muerte mejor que la mayoría de los médicos.

Pero lo que sus manos encontraron al examinar el cuerpo de Carlo Acutis, un joven que había muerto 13 años antes, no encajaba con nada de lo que había aprendido en casi tres décadas de profesión. Y cuando por fin decidió hablar, lo que reveló dejó de rodillas a quienes lo escucharon.

Esta es la historia que Luca Ferrante guardó durante una década, y hoy vamos a conocer por primera vez cada detalle de lo que vivió aquella noche.

Todo comenzó con una llamada.

Era febrero de 2019. Ferrante estaba en su taller en Perugia, a poco más de 20 km de Asís, cuando sonó el teléfono. Del otro lado, una voz que reconoció de inmediato: la de un funcionario de la diócesis. Le explicó que necesitaban a alguien con experiencia para un trabajo delicado, muy delicado. Se trataba de preparar un cuerpo para una exhibición pública, y no cualquier cuerpo.

Era el cuerpo de un joven que había muerto en 2006, casi 13 años antes, y que estaba a punto de ser exhumado como parte de un proceso de beatificación. El nombre del joven era Carlo Acutis.

Ferrante aceptó sin pensarlo demasiado. Era sólo otro trabajo, o eso creyó.

Hay algo que necesitas entender sobre Luca Ferrante para comprender lo que viene después. No era un hombre impresionable. Todo lo contrario. Sus colegas en Perugia lo conocían como el reloj, porque trabajaba con una precisión mecánica que no dejaba espacio para las emociones.

En 28 años, nunca había necesitado un descanso durante el trabajo. Nunca se había sentido incómodo frente a un cuerpo. Para Ferrante, una persona fallecida no era más que un proyecto técnico.

Ya había preparado cuerpos exhumados antes, siete en total, y sabía exactamente lo que iba a encontrar: huesos, restos de tejido, quizá fragmentos de ropa. Después de 13 años bajo tierra, no suele quedar mucho más que eso. En el caso mejor conservado que había visto, un cuerpo exhumado después de 8 años conservaba poco más que cartílago y manchas oscuras donde alguna vez hubo piel.

Era el orden natural de las cosas. La biología no negocia.

Así que preparó sus instrumentos, sus soluciones químicas, sus guantes, y condujo hacia Asís la noche del 4 de marzo. Iba tranquilo; incluso puso música en el coche. No tenía razón alguna para estar nervioso.

Llegó a la basílica después de las 11 p. m. La plaza estaba vacía. Un viento helado bajaba del monte Subo y arrastraba hojas secas contra las columnas del pórtico. El silencio era tan espeso que podía oír su propia respiración.

Un sacerdote lo recibió en una puerta lateral. No le dio la mano, no hubo ningún sonido, sólo dijo:

—Por aquí.

Y lo condujo por un corredor estrecho, apenas iluminado por focos amarillentos, hasta una habitación en el sótano que Ferrante nunca había visto antes.

La habitación era más pequeña de lo que esperaba. Muros de piedra sin ventanas, un crucifijo de madera colgado sobre la puerta y, en el centro, sobre una mesa de acero inoxidable cubierta con una tela blanca, un ataúd de madera oscura.

Ferrante notó que la tela estaba perfectamente planchada. Alguien había preparado aquella habitación con cuidado, como si se esperara algo importante.

Se puso los guantes, se acercó y, en ese momento, notó algo que le pareció extraño, aunque decidió ignorarlo.

No había ningún olor.

Después de 13 años, cualquier ataúd que hubiera preparado en toda su carrera desprendía algo: humedad, descomposición residual, algo. Pero éste no olía a nada, como si lo acabaran de colocar allí. Se dijo a sí mismo que probablemente habían tratado el ataúd. Nada fuera de lo normal.

Levantó la tapa y lo primero que vio lo desconcertó.

Pero Ferrante todavía no sabía que las siguientes 2 horas iban a destruir 28 años de certezas profesionales.

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