El grito atravesó la mansión como una hoja de metal rasgando el aire.-tuan - US Social News

El grito atravesó la mansión como una hoja de metal rasgando el aire.-tuan

Parte 1

May be an image of baby and hospital

El grito del bebé cortó la mansión como si alguien hubiera rajado el aire con una lámina.

No era un llanto caprichoso ni el berrinche de un niño consentido. Era un alarido tan profundo que hasta los guardaespaldas del pasillo bajaban la mirada, incómodos, como si escuchar aquello también los hiciera culpables. En la habitación principal de la casa Alcázar, entre mármol crema, lámparas italianas y cortinas traídas de España, el pequeño Mateo, de 10 meses, arqueaba la espalda dentro de una cuna de madera oscura tallada a mano. Apenas la sábana rozaba su piel, se encendía otra vez el infierno.

Gael Alcázar, dueño de media noche en Monterrey y de demasiados silencios en el norte del país, permanecía de pie junto al ventanal, inmóvil, con el gesto de un hombre que estaba acostumbrado a mandar y que no sabía qué hacer cuando su poder no servía para nada. Había pagado hospitales privados, especialistas de Guadalajara, dermatólogos de Houston, neurólogos de Madrid. Todos habían salido de esa casa con sobres llenos, rostros tensos y una misma sentencia inútil.

—Los estudios salen normales.

Mateo seguía gritando.

En un sillón, Renata Lozano, madre del niño y exmodelo de campañas internacionales, ya no parecía la mujer impecable que aparecía en revistas. Tenía el cabello recogido a la carrera, los labios partidos, la bata de seda arrugada y manchas de café seco en la manga. Llevaba 7 semanas durmiendo por pedazos, comiendo a medias y llorando a escondidas en el baño para que nadie la viera romperse.

—Esta es la última —dijo Gael, sin apartar la vista de la ventana—. Si tampoco sirve, moveré cielo y tierra. Y si alguien me está viendo la cara, juro que no se la perdono.

Renata no respondió. Ya no tenía fuerzas para discutir si esa amenaza iba dirigida a los médicos, al destino o a la propia casa.

Afuera, subiendo la pendiente adoquinada, apareció un Tsuru 2008 blanco, opaco, con un motor que sonaba cansado pero terco. No era una camioneta blindada ni un auto de lujo. Era un carro de quien llevaba años ganándose la vida sin que nadie le regalara nada. De él bajó Alma Cárdenas, enfermera del Hospital General de la Ciudad de México, uniforme limpio aunque desgastado, zapatos cómodos y una mirada oscura, despierta, imposible de aplastar.

El mayordomo, don Julián, la condujo hacia adentro sin ceremonia. Alma cruzó el recibidor como si no viera los cuadros millonarios ni el candelabro de cristal. Había oído demasiados gemidos en salas sin aire para impresionarse por una casa cara.

A mitad del corredor la detuvo una mujer vestida de marfil, perlas impecables y desprecio viejo en los ojos. Beatriz Alcázar, madre de Gael, olía a perfume caro y autoridad podrida.

—¿Esto fue lo que consiguieron después de gastar una fortuna? —preguntó con una sonrisa helada—. Una enfermera del sector público.

Alma la miró sin pestañear.

—Vine por el niño, no por su opinión.

Beatriz entornó los ojos, como si no estuviera acostumbrada a que alguien de zapatos gastados le contestara así.

—No sabes en qué casa estás parada.

—Sé que hay un bebé sufriendo. Con eso me basta.

Beatriz se acercó apenas un paso.

—Si vienes a causar problemas, con una llamada puedo hacer que no vuelvas a trabajar en un hospital.

Antes de que Alma respondiera, una voz grave cortó el pasillo.

—Madre. Ya basta.

Gael salió de la sombra del marco de una puerta. No levantó la voz, pero bastó una mirada para que Beatriz retrocediera con la dignidad herida. Los tacones de la mujer se alejaron marcando un ritmo seco, casi militar.

En el despacho, Gael hizo esperar a Alma en silencio, como si quisiera medirle los nervios. Ella no bajó la cabeza.

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