EL HACENDADO GASTÓ UNA FORTUNA EN LA FIESTA DE SUS HIJOS… PERO ELLOS PREFIRIERON EL PASTEL DE LA MUCHACHA-tuan - US Social News

EL HACENDADO GASTÓ UNA FORTUNA EN LA FIESTA DE SUS HIJOS… PERO ELLOS PREFIRIERON EL PASTEL DE LA MUCHACHA-tuan

EL HACENDADO GASTÓ UNA FORTUNA EN LA FIESTA DE SUS HIJOS… PERO ELLOS PREFIRIERON EL PASTEL DE LA MUCHACHA

Don Ernesto Salgado bajó de su camioneta negra, una de esas que levantan polvo aunque el camino esté limpio, con el saco colgado al hombro y el celular pegado a la oreja.

—Ciérralo en treinta millones —dijo, sin saludar ni despedirse—. No me llames otra vez por eso.

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Colgó.

Frente a él, su hacienda en las afueras de Guadalajara parecía sacada de revista. Globos, luces, un inflable enorme, mesas con manteles blancos, música en vivo… todo listo para celebrar los seis años de sus gemelos, Emiliano y Gael.

Más de cien invitados.

Todos adultos.

Señoras con vestidos caros hablando de viajes a Europa. Hombres con copas en la mano discutiendo negocios. Risas finas, conversaciones huecas.

Y ni un solo niño.

Don Ernesto frunció el ceño.
Miró alrededor.

—¿Y mis hijos?

Caminó entre las mesas, esquivando meseros, pasando junto a una fuente de chocolate intacta, una piñata sin tocar… todo perfecto, todo caro, todo inútil.

No estaban.

Sintió algo raro en el pecho. No dolor… algo peor.
Un vacío.

Entró a la casa. Encontró a su esposa, Verónica, en la terraza, riéndose con unas amigas, sosteniendo una copa de vino.

—¿Dónde están los niños? —preguntó.

—Ay, Ernesto… por ahí —respondió sin mirarlo—. Relájate, la fiesta está divina.

Divina.

Él apretó la mandíbula.

Siguió caminando. Pasó por el comedor lleno de arreglos carísimos, por la sala impecable… hasta que escuchó algo.

Risas.

Risas bajitas.

Y una voz…

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