EL HOMBRE ANCIANO MALTRATABA AL PERRO CIEGO TODOS LOS DÍAS… HASTA QUE EL VECINO DECIDIÓ ACTUAR…-tuan - US Social News

EL HOMBRE ANCIANO MALTRATABA AL PERRO CIEGO TODOS LOS DÍAS… HASTA QUE EL VECINO DECIDIÓ ACTUAR…-tuan

El anciano golpeaba al perro ciego frente a todos, sin imaginar que aquel animal lo había acompañado toda su vida. Cuando el vecino descubrió quién era realmente ese perro, sus manos comenzaron a temblar. Animal inútil, ¿por qué sigues aquí si ya no sirves para nada?

Los gritos de don Fernando rompían la tranquilidad de la tarde en la calle Las Flores. Desde la ventana de su casa, doña Lupita sacudió la cabeza con tristeza. Otra vez está gritando al pobre Canelo”, murmuró mientras amasaba la masa para sus famosos tamales. “Ese hombre tiene el corazón más duro que una piedra del río. La calle Las Flores se ubicaba en Tlaquepaque, un barrio colorido en las afueras de Guadalajara, México. Las casas pintadas de colores brillantes formaban un arcoiris de techos y paredes, azules como el cielo, rosadas como los dulces de la feria, verdes como las hojas del aguacate y amarillas como el sol de mediodía.

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Entre todas estas casas alegres, la número 15 destacaba por su aspecto descuidado. Su pintura amarilla se desprendía de las paredes como piel quemada por el sol. La pequeña cerca de madera tenía varios listones rotos y el jardín delantero estaba lleno de hierbas secas. Era la casa de don Fernando Gutiérrez, un hombre de 78 años que todos en el barrio evitaban. “Buenos días, doña Lupita”, saludó José el cartero, deteniéndose frente al puesto de tamales en la esquina.

“Otra vez el viejo Fernando está maldiciendo a los cuatro vientos.” Sí, pobrecito Canelo, respondió doña Lupita, una mujer de 70 años con trenzas grises y un delantal florido. Llevo 50 años vendiendo tamales en esta esquina y te digo, muchacho, que nunca vi a nadie tratar tan mal a un animal. En el patio trasero de la casa amarilla, atado a un viejo árbol de aguacate con una cadena oxidada, estaba Canelo. Era un perro grande, de pelaje dorado, con ojos nublados que ya no podían ver el mundo.

Sus costillas se marcaban bajo su piel y su hocico estaba siempre apuntando hacia el suelo, como si hasta el peso de levantar la cabeza fuera demasiado. Te dejo agua y ni siquiera puedes encontrarla, perro estúpido. La voz de don Fernando resonaba desde el patio. El anciano caminaba apoyado en un bastón de madera tallada con movimientos lentos, pero llenos de furia. Su pelo blanco estaba siempre despeinado y su barba mal recortada le daba un aspecto descuidado.

Los niños que jugaban fútbol en la calle se detenían cuando pasaban frente a la casa amarilla. “Mi mamá dice que no debemos acercarnos”, susurró Pedro, un niño de 9 años a su amigo Martín. “Sientos dice que don Fernando espanta a los niños que entran en su jardín. Mi abuelo dice que antes no era así. respondió Martín mirando con curiosidad hacia la casa. dice que algo muy triste le pasó y eso lo volvió amargado. Mientras los niños hablaban, un taxi se detuvo frente a la casa azul, la número 17, justo al lado de la de don Fernando.

Del vehículo bajó un hombre de unos 35 años con lentes redondos y una camisa color turquesa. Llevaba dos maletas grandes y sonreía mientras observaba su nueva casa. Miren, alguien se muda a la casa de los González, exclamó Pedro. Pobre hombre, comentó doña Lupita desde su puesto. No sabe la pesadilla que será vivir junto a don Fernando. El recién llegado pagó al taxista y caminó hacia su nueva casa. Al pasar junto a la cerca de don Fernando, vio al anciano sentado en una silla desvencijada en el porche, mirando con ojos fríos hacia la calle.

Buenos días, saludó el hombre con entusiasmo. Soy Miguel Hernández, su nuevo vecino. Don Fernando apenas gruñó algo ininteligible y entró a su casa cerrando la puerta con fuerza. “No te preocupes, muchacho”, le gritó doña Lupita desde la esquina. No es nada personal, es así con todos. Miguel sonrió y se acercó al puesto de tamales. Un placer conocerla, señora. Acabo de mudarme desde Ciudad de México. Seré maestro en la escuela primaria Benito Juárez. Bienvenido a la calle Las Flores, maestro.

Soy doña Lupita y estos son los mejores tamales de todo tlaquepaque. La mujer le extendió un tamal envuelto en hoja de maíz, cortesía de la casa para darte la bienvenida. Muchas gracias, respondió Miguel mordiendo el tamal humeante. Está delicioso. Ven a sentarte y te contaré todo sobre nuestro barrio. Ofreció doña Lupita señalando un pequeño banco junto a su puesto. Mientras comía, Miguel escuchó los gritos que venían de la casa amarilla. “¿Siempre es así?”, preguntó en voz baja.

“Todos los días”, respondió doña Lupita con tristeza. Ese perro Canelo vive un infierno con don Fernando, pero nadie se atreve a hacer nada. La última vez que don Pedro, el de la tienda, le mencionó algo sobre el perro, don Fernando casi lo golpea con su bastón. Miguel frunció el ceño. Como maestro había aprendido a detectar situaciones de abuso y nadie ha llamado a protección animal o algo así. Una vez lo intentamos”, explicó doña Lupita.

Vinieron, hablaron con él, pero don Fernando fue veterinario durante 40 años. Les dijo que él sabía cuidar animales mejor que nadie y que el perro estaba bien. Como Canelo tiene comida y agua, aunque sea poca y sucia, dijeron que no podían hacer más. Al atardecer, Miguel terminó de acomodar sus cosas en la casa azul. Desde la ventana de su cocina podía ver perfectamente el patio trasero de don Fernando. Observó a Canelo echado bajo el árbol de aguacate sin moverse como una estatua dorada cubierta de tristeza.

Don Fernando salió al patio con un plato que contenía restos de comida. Lo dejó bruscamente en el suelo, tan lejos de Canelo, que el perro ciego tendría que esforzarse para encontrarlo. “Ahí tienes, animal inútil. No mereces ni esto.” Gruñó el anciano antes de volver a entrar en la casa. Miguel vio como Canelo olfateaba el aire detectando la comida, pero sin poder verla. El perro se arrastró lentamente usando su olfato para guiarse. Cuando finalmente encontró el plato, comió desesperadamente, como si no hubiera comido en días.

Esa noche Miguel no podía dormir. El sonido de la televisión de don Fernando se escuchaba a través de las paredes. Cerca de la medianoche, el ruido cesó. Miguel esperó media hora más y luego tomó una decisión. Con mucho cuidado preparó un recipiente con agua fresca y otro con comida para perros que había comprado esa tarde. Salió silenciosamente de su casa y se acercó a la cerca que separa las dos propiedades. Era baja y fácil de saltar.

“Espero no arrepentirme de esto”, murmuró para sí mismo mientras saltaba la cerca. se acercó cautelosamente a Canelo. El perro levantó la cabeza alerta por los pasos desconocidos. “Tranquilo, amigo”, susurró Miguel. No voy a hacerte daño. Canelo gruñó suavemente desconfiado. Miguel se detuvo a unos pasos de distancia y colocó los recipientes en el suelo. Te traje agua limpia y comida decente, explicó en voz baja, como si el perro pudiera entenderlo. No es mucho, pero es mejor que lo que tienes ahora.

Lentamente acercó los recipientes a Canelo. El perro olfateó el aire. y reconociendo el olor de la comida fresca, comenzó a mover la cola levemente. Eso es, chico. Sé que no puedes verme, pero no soy como él. No te haré daño. Con cuidado, Miguel tocó suavemente la cabeza de Canelo. El perro se tensó al principio, pero luego, sintiendo la caricia suave, se relajó. Comenzó a beber el agua fresca con desesperación. Volveré mañana”, prometió Miguel. Será nuestro secreto.

Mientras regresaba a su casa, Miguel miró hacia la ventana de don Fernando, asegurándose de que el anciano seguía dormido. Una luz ténue televisor iluminaba la sala, pero no había movimiento. “No puedo salvar a todos”, pensó Miguel recordando lo que le había dicho su profesora en la universidad. Pero puedo intentar ayudar a los que están justo frente a mí. En su habitación, Miguel anotó en su diario, “Per día en Tlaquepaque. Conocí a un perro llamado Canelo y a un hombre con un corazón cerrado.

No sé qué historia hay detrás, pero voy a descubrirla.” Afuera, bajo el cielo estrellado de Jalisco, Canelo descansaba con el estómago lleno por primera vez en mucho tiempo. Sus ojos ciegos no podían ver las estrellas, pero su corazón sentía que algo había cambiado en su mundo de oscuridad. Alguien había sido amable con él y esa pequeña luz de bondad brillaba más que todas las estrellas del cielo mexicano. Don Fernando dormía inquieto en su sillón con la televisión iluminando su rostro arrugado.

En sus sueños, un joven sonriente lo llamaba: “Papá, mira lo que encontré.” Y él corría tratando de alcanzarlo, pero el joven se alejaba cada vez más hacia un lago oscuro donde las aguas se lo tragaban sin dejar rastro. “Tomás”, murmuraba el anciano entre sueños, mientras una lágrima solitaria rodaba por su mejilla arrugada. “Tomás, no te vayas.” El sol comenzaba a asomarse por las calles de Tlaquepaque cuando don Fernando despertó sobresaltado en su sillón. El televisor seguía encendido, mostrando ahora un programa matutino.

Se pasó una mano por el rostro intentando borrar los restos de aquel sueño que lo atormentaba casi todas las noches. Siempre el mismo sueño! Murmuró para sí mismo mientras se levantaba con dificultad, apoyándose en su bastón. Afuera, Canelo se despertaba también. El perro ciego movió la cabeza olfateando el aire. Algo había cambiado. Su estómago no dolía tanto por el hambre y el sabor a agua limpia persistía en su boca. Movió ligeramente la cola, recordando aquellas manos amables que lo habían visitado en la oscuridad.

En la casa azul del número 17, Miguel Hernández se preparaba para su primer día de trabajo en la escuela primaria Benito Juárez. Se ajustó la camisa verde claro y revisó su mochila una vez más. Credencial, plumones, plan de clase, todo listo dijo en voz alta. una costumbre que tenía desde que vivía solo. Antes de salir, Miguel se acercó a la ventana de la cocina y observó el patio de don Fernando. El anciano ya estaba afuera cojeando hacia donde estaba Canelo.

“Despierta, animal”, gritó don Fernando, pateando suavemente el suelo cerca del perro. “¿Qué es esto? ¿Quién trajo estos platos?” Miguel contuvo la respiración. Don Fernando había descubierto los recipientes que había dejado la noche anterior. El anciano miró hacia todas direcciones, sospechoso. Si algún entrometido anda rondando mi propiedad, lo lamentará, gruñó recogiendo los platos. Miguel esperó hasta que don Fernando entrara a su casa para salir. Caminó rápidamente pensando en cómo ayudar a Canelo sin provocar la ira del viejo.

Tan concentrado iba que casi choca con doña Lupita, quien ya estaba instalando su puesto de tamales en la esquina. Buenos días, maestro. ¿Listo para enfrentar a los chiquillos de Tlaquepaque?, preguntó la mujer con una sonrisa. Buenos días, doña Lupita. Sí, estoy un poco nervioso, pero emocionado, respondió Miguel. Tome, llévese un tamal para el camino. Le dará fuerzas, ofreció ella, entregándole un tamal envuelto en hoja de maíz. La escuela está a seis cuadras hacia el este, no tiene pérdida.

Muchas gracias. Qué amables son todos aquí, exclamó Miguel. Todos menos don Fernando”, murmuró doña Lupita bajando la voz. “Ya tuvo su primer encuentro con él.” Miguel asintió mordiendo su tamal. Anoche escuché como le gritaba a su perro. “Es difícil de escuchar. Así ha sido por 5co años”, comentó doña Lupita, pero nadie se mete con él. Tiene un carácter de los mil demonios. Miguel quería preguntar más, pero miró su reloj. ¿Debo irme o llegaré tarde en mi primer día?

Hablaremos después, doña Lupita. La escuela primaria. Benito Juárez era un edificio de dos pisos pintado de blanco y azul. tenía un patio central donde los niños jugaban antes de entrar a clases. El director, un hombre de unos 50 años llamado Raúl Mendoza, recibió a Miguel en la entrada. Bienvenido a nuestra escuela, profesor Hernández, saludó estrechando su mano. Los niños están emocionados por conocerlo. El maestro anterior se jubiló después de 30 años, así que tiene grandes zapatos que llenar.

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