Él quiso matarn*s a mi hijo y a mí en esa tierra desolada… pero no sabía que la tierra escondía otro secreto.-tuan - US Social News

Él quiso matarn*s a mi hijo y a mí en esa tierra desolada… pero no sabía que la tierra escondía otro secreto.-tuan

—Este es el título de propiedad de un pedazo de tierra allá en los límites del cañón, en el paraje de ‘La Llorosa’ —dijo Rodolfo, arrojando el papel arrugado a los pies de Carmen, donde el polvo lo cubrió al instante—. Resulta que tu marido llevaba tres años pagándome esa miseria a escondidas, peso a peso. Quería dejarles “un patrimonio”.

Rodolfo soltó una carcajada que resonó contra las paredes desnudas de la casa. —Es pura piedra, caliche y espinas. No crece ni la mala hierba. Pero, legalmente, es suyo. Tienen hasta que el sol toque la punta del cerro para largarse de mi propiedad. Y si los veo merodeando por el valle, los echo a los perros.

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Se dio media vuelta, subió a su camioneta y aceleró, dejando a Carmen y a Dieguito envueltos en una nube de tierra seca que sabía a derrota.

Carmen se agachó y recogió el papel. Las manos le temblaban al ver la firma torpe pero firme de Pedro. Él había comprado esa tierra yerma porque quería darles algo propio, un lugar donde nadie pudiera humillarlos. Aunque fuera un desierto. —Nos vamos, mi amor —le dijo a Dieguito, secándose los ojos con el reverso de la mano—. Papá nos dejó un hogar.

Empacaron lo poco que tenían: un par de mantas, la olla de peltre, la ropa de Dieguito y el machete viejo de Pedro. Caminaron durante horas bajo el sol inclemente de la tarde. El paisaje verde y fértil del valle fue quedando atrás, sustituido por cactus retorcidos, tierra agrietada y un viento caliente que les quemaba la piel.

Cuando llegaron a La Llorosa, el sol ya se ocultaba. El lugar hacía honor a su nombre: el viento aullaba entre las formaciones rocosas produciendo un sonido parecido al llanto de una mujer. Solo había una vieja choza de adobe medio derrumbada. Era la desolación absoluta. Pero esa noche, abrazada a su hijo sobre el suelo de tierra dura, Carmen no lloró. El amor de Pedro estaba en ese trozo de papel, y ella iba a hacerlo florecer, aunque tuviera que regarlo con su propia sangre.

El Secreto de “La Llorosa”

Los primeros días fueron un infierno. Carmen caminaba kilómetros para acarrear agua de un arroyo casi seco. Intentó sembrar unos puñados de maíz, pero la tierra escupía las semillas. Todo parecía muerto.

Hasta que una tarde, mientras Dieguito perseguía a una lagartija entre unas peñas alejadas de la choza, Carmen escuchó un grito que le heló la sangre. Corrió tropezando con las piedras, con el corazón en la garganta. —¡Mamá! ¡Mamá!

Encontró a Dieguito asustado, pero a salvo, sentado al borde de un hundimiento en el terreno. La tierra había cedido bajo su peso, revelando un enorme agujero oscuro. Carmen se acercó gateando y miró hacia abajo.

No era un simple hoyo. Era la entrada a una caverna profunda. De su interior no subía aire caliente y seco, sino una brisa fresca, húmeda, con olor a mineral y a agua limpia. Con ayuda de una soga vieja que encontró en la choza, Carmen bajó con cuidado. Lo que descubrió allí le robó el aliento.

A pocos metros bajo aquella costra de tierra muerta, corría un río subterráneo de aguas cristalinas. Pero eso no era todo. Las paredes de la caverna, iluminadas por el rayo de luz que entraba por el agujero, brillaban con un resplandor plateado. Eran vetas gruesas, casi puras. Plata. Pedro, con su conocimiento de tantos años trabajando la tierra, lo había sabido. Había comprado la miseria por encima para regalarles la riqueza por debajo.

La Codicia de Rodolfo

Mientras tanto, en la casa grande de la hacienda, Rodolfo estaba furioso. Había contratado a un geólogo de la capital para tasar unos terrenos y expandir sus cultivos. El ingeniero, al revisar los viejos mapas topográficos y mineros de la región, se quedó pálido.

—Don Rodolfo —le dijo el ingeniero—, la vena principal de la antigua mina de plata de los españoles, la que todos creían agotada desde hace un siglo… no está muerta. Simplemente se hundió y cambió de curso. Todo indica que el yacimiento más grande se encuentra bajo el paraje de La Llorosa. Quien sea dueño de esa tierra, es multimillonario.

Rodolfo rompió el vaso de cristal que tenía en la mano. ¿Le había entregado una fortuna incalculable a la viuda mugrienta de uno de sus peones por unas cuantas monedas? Su avaricia no podía permitirlo.

—Esa tierra es mía. Me la robaron —gruñó, con los ojos inyectados en sangre—. Prepara la camioneta y llama a los capataces. Esa mujer y el mocoso no pueden sobrevivir mucho tiempo en el desierto. Y si lo han hecho… vamos a tener que ayudarles a desaparecer. Un accidente trágico. Nadie los va a extrañar.

La Noche del Cazador

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Carmen estaba en la cueva, llenando cantaros de agua fresca, cuando escuchó el rugido de los motores. El sonido rebotó en el cañón, multiplicándose y rompiendo el silencio de la noche.

El instinto maternal, más antiguo y fiero que cualquier otra cosa en el mundo, tomó el control. Salió de la caverna rápidamente, cubrió la entrada con ramas de mezquite secas y corrió hacia la choza. Tomó a Dieguito en brazos, que dormía plácidamente, y le tapó la boca. —Despierta, mi amor. Sin hacer ruido. Tenemos que escondernos.

Apenas lograron salir por la parte trasera de la choza y ocultarse detrás de unas rocas inmensas cuando la camioneta de Rodolfo se detuvo frenéticamente, iluminando la precaria construcción con los faros altos.

Rodolfo bajó con un rifle de cacería en las manos. Dos de sus hombres lo acompañaban con linternas y machetes. —¡Carmen! —gritó Rodolfo, y su voz sonó demoníaca en la inmensidad de la noche—. ¡Sal de ahí! Sé que estás aquí. Traje los papeles. Me vas a firmar la devolución de estas tierras y prometo dejarlos vivir… o los entierro a ti y al mocoso aquí mismo.

Al no obtener respuesta, Rodolfo hizo una seña. Sus hombres patearon la puerta de la choza, pero salieron negando con la cabeza. —No están, patrón. Pero las mantas siguen calientes. Huyeron a pie.

—¡Búsquenlos! —rugió Rodolfo—. No pueden ir lejos en esta oscuridad.

Carmen, temblando, abrazó a Dieguito contra su pecho. La luna iluminaba débilmente el terreno rocoso. Sabía que no podían correr hacia el valle abierto; los cazarían como a conejos. Tenía que usar lo único que conocía: el secreto de su tierra.

Se arrastró en silencio por la cresta del barranco, guiando a su hijo hacia la zona donde la tierra estaba ahuecada por la red de cavernas subterráneas. Pedro siempre decía que la tierra sabe quién la cuida y quién la maltrata. Esa noche, Carmen iba a poner a prueba esas palabras.

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