El calor asfixiante de la tarde en Monterrey se filtraba por los inmensos ventanales de la residencia, pero el verdadero infierno se vivía adentro. Sofía, de 8 años, abrazaba con todas sus fuerzas
a su hermanito Mateo, de apenas 10 meses, mientras gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas sucias. Su respiración era agitada, el terror le paralizaba las piernas, pero intentaba ser
Podría ser la foto de un bebé.

el escudo humano de su hermano menor. Todo había comenzado por un accidente absurdo. En la inmensa cocina decorada con azulejos de Talavera, Sofía había intentado servirle un poco
de agua a Mateo. El vaso de cristal, demasiado grande para sus pequeñas manos, se resbaló. El sonido del vidrio estallando contra el piso de mármol resonó como un disparo en
el silencio de la mansión. Sofía se quedó congelada, viendo cómo el agua se esparcía entre los fragmentos afilados. Detrás de ella, Mateo, asustado por el estruendo, comenzó a llorar
a todo pulmón desde su andadera. —Oh, no… se va a poner furiosa —susurró Sofía, sintiendo cómo el pánico le oprimía el pecho. Se arrodilló de inmediato, ignorando el peligro,
intentando recoger los pedazos antes de que la dueña de la casa apareciera. Un cristal le cortó la palma de la mano, y dos gotas de sangre mancharon el piso impecable.
Desde que su madre falleció al dar a luz a Mateo, Sofía había asumido un rol que no le correspondía. A sus 8 años, intentaba ser la madre que su hermanito nunca conocería.

Su hogar, alguna vez lleno de música norteña, risas y olor a pan dulce, se había convertido en un cuartel militar desde que Valeria, su madrastra, llegó a sus vidas.
—¡Sofía! —la voz aguda e intolerante de Valeria cortó el aire. El repiqueteo de sus tacones de diseñador resonó por el pasillo. Entró a la cocina con el rostro contorsionado
por la ira, su apariencia de mujer de la alta sociedad regiomontana no lograba ocultar la oscuridad en sus ojos—. ¿Qué demonios acabas de hacer, inútil? —Perdón, Valeria… lo voy
a limpiar, te lo juro —suplicó la niña, temblando. Valeria soltó una carcajada llena de desprecio. Sin importarle la sangre en la mano de la niña, la tomó violentamente del brazo,

levantándola de un tirón. Mateo lloró con más desesperación. —Agarra a ese escuincle ruidoso. Me tienen harta los dos —espetó la mujer, empujando al bebé hacia los brazos
de Sofía. A rastras, Valeria sacó a los niños por la puerta trasera hacia el inmenso jardín. El sol quemaba, pero la frialdad de la mujer era peor. Los empujó sin piedad
hacia una vieja y húmeda casa de madera para perros, un rincón oscuro junto a la barda perimetral que había pertenecido a un mastín años atrás. —Por favor… te juro que
no haremos ruido —lloró Sofía, aferrándose al marco de madera podrida. Valeria la ignoró, pateó la puerta para cerrarla y corrió el pesado cerrojo de metal por fuera.
Que te guste
—A ver si aquí adentro aprenden cuál es su lugar —dijo con una sonrisa perversa, alejándose hacia la comodidad del aire acondicionado. Adentro, la oscuridad y el olor a humedad
eran asfixiantes. Sofía acunó a Mateo, cantándole bajito al oído para calmarlo, mientras sus propias lágrimas no dejaban de caer. Estaban solos. O eso creían.