Era demasiado débil para separarse de los huesos de su madre, pero cada vez que el viento seco soplaba sobre aquel campo desolado-nghia - US Social News

Era demasiado débil para separarse de los huesos de su madre, pero cada vez que el viento seco soplaba sobre aquel campo desolado-nghia

A finales de agosto, el rancho Mercer ya no parecía un terreno destinado a la vida.

Parecía algo que el cielo hubiera olvidado.

El lecho del arroyo que se encontraba detrás del pastizal norte había estado vacío durante tanto tiempo que el lodo se había partido formando un mapa de placas duras y curvadas.

El césped había desaparecido semanas antes.

Lo que quedaba era paja quebradiza que el ganado apenas tocaba antes de rendirse y vagar hacia una sombra que no les servía de nada.

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El viento ya no olía a limpio.

Olía a quemado.

Mineral-seco.

Llevaba consigo polvo, calor antiguo y la leve amargura de las cosas que habían muerto sin lluvia.

Eli Mercer se había criado en esas tierras.

Conocía cada linde de la cerca.

Cada bajada de la colina.

Todos los lugares donde solían esconderse las codornices y donde bajaban los coyotes después del atardecer.

Ya había vivido años de sequía.

Su padre había visto cosas peores.

Eso era lo que todo el mundo decía.

Pero esta sequía tenía algo cruel.

No se trata solo de falta de agua.

Un desvestimiento.

Un lento robo de suavidad de todo lo que tocaba.

El ganado tuvo que ser trasladado más al sur.

Hubo que transportar dos depósitos de agua en camión.

La zona de los cuarenta metros traseros era prácticamente inútil ahora.

Y aun así, Eli la revisaba cada pocos días, porque descuidar la tierra en un año como ese era la manera de que los pequeños problemas se convirtieran en pérdidas irreparables.

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