La pequeña chihuahua arrastraba una caja de madera por la carretera en llamas como si detenerse un solo segundo le fuera a costar la vida… vinhprovip - US Social News

La pequeña chihuahua arrastraba una caja de madera por la carretera en llamas como si detenerse un solo segundo le fuera a costar la vida… vinhprovip

La carretera que salía de San Loreto era del tipo que la gente usaba para ir a otros lugares.

No del tipo en el que se detuvieron.

El camino era largo y desolado, con zonas de matorrales secos y árboles bajos que parecían marchitos por el exceso de sol.

Por la tarde, el calor se extendía sobre el asfalto con tal intensidad que hacía que la distancia se viera borrosa.

Una botella rota en el hombro podría brillar como el agua.

Un trozo de cartón podría parecer un animal.

Y un animal en apuros podría convertirse fácilmente en una cosa más que nadie ha examinado con detenimiento.

Por eso Rafael casi la adelanta.

Había pasado todo el día transportando productos entre las granjas y los puestos del pueblo.

Tenía cuarenta y ocho años.

Bronceado por el sol.

Tranquilo.

El tipo de hombre que siempre llevaba las mangas remangadas, su camioneta abollada y se guardaba sus preocupaciones para sí mismo.

A las tres de la tarde, solo quería dos cosas.

Sombra.

Y el café que su esposa siempre dejaba en un termo de metal sobre la mesa de la cocina.

Tenía una mano en el volante y la radio a bajo volumen cuando vio movimiento cerca de la cuneta.

Al principio pensó que era un juguete infantil arrastrado por el viento.

Entonces vio al perro.

Diminuto.

Broncearse.

Apenas más grande que una barra de pan.

Y detrás de ella, traqueteando sobre tierra y piedras, una caja de madera atada a ella con una cuerda.

Frunció el ceño y pasó a veinte metros de distancia antes de que la imagen terminara de formarse en su mente.

Un chihuahua.

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