La unidad debía estar vacía. Se suponía que el edificio estaba desierto, -tuan - US Social News

La unidad debía estar vacía. Se suponía que el edificio estaba desierto, -tuan

La mañana comenzó como cualquier otra para la oficial Marisol Vega.

El café estaba amargo y el aire de la ciudad era pesado.

Ella se puso su uniforme con la precisión de un soldado.

Siete años en el departamento de policía le habían enseñado a no sentir.

O al menos, a fingir que no sentía nada.

Su tarea del día era despejar un complejo de apartamentos condenado.

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Un lugar donde las historias de las personas terminaban en desalojos.

Marisol caminó por los pasillos oscuros del tercer piso.

El suelo crujía bajo sus pies cansados.

Ella golpeó la puerta de la unidad 3B.

Silencio.

Ella usó su llave maestra y entró con la mano en su cinturón.

El apartamento estaba en ruinas.

Montañas de basura cubrían los muebles rotos.

Pero había algo extraño en el aire.

Un aroma a desesperación que Marisol reconoció de inmediato.

Caminó hacia la cocina, esperando encontrar solo tuberías rotas.

En lugar de eso, sus ojos se encontraron con una escena de pesadilla.

En un rincón, junto a un radiador lleno de óxido, estaba él.

Un perro blanco, o lo que alguna vez fue blanco.

Ahora era del color de la ceniza y el polvo.

Estaba encadenado.

La cadena era pesada y corta.

El perro estaba tan delgado que Marisol pudo contar cada una de sus vértebras.

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