Le cantó en silencio a un anciano olvidado en una clínica de Madrid sin saber que, detrás de la puerta, el hijo millonario que llevaba años huyendo de su padre estaba a punto de verla y cambiarlo todo para siempre. vinhprovip - US Social News

Le cantó en silencio a un anciano olvidado en una clínica de Madrid sin saber que, detrás de la puerta, el hijo millonario que llevaba años huyendo de su padre estaba a punto de verla y cambiarlo todo para siempre. vinhprovip

La primera vez que Alba cantó para aquel anciano, lo hizo porque no soportó el silencio.

 

 

 

 

 

 

 

En la planta segunda de la clínica Santa Irene, en Chamberí, el silencio no era una ausencia de ruido, sino una presencia espesa, casi física, que se pegaba a la piel como el olor del desinfectante y la lluvia. Afuera, Madrid estaba empapado. Los coches dejaban regueros brillantes sobre el asfalto, las farolas vibraban en los charcos y el cielo descargaba una tormenta lenta, obstinada, de esas que parecen querer limpiar algo que no se ve.

 

Puertas y ventanas

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Alba Ruiz empujó la  puerta de la habitación doscientos ocho con la cautela de quien entra en un lugar sagrado o herido. Tenía veinticuatro años, los hombros menudos, el pelo rubio oscuro recogido deprisa y unas ojeras que no se quitaban con maquillaje ni con sueño. Llevaba el uniforme blanco de auxiliar y una chaqueta de punto gris que olía vagamente a jabón barato y café de máquina.

 

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La supervisora le había dicho en el control, sin levantar apenas la vista de unos papeles, que no esperara ninguna reacción.

 

El señor Valdés no habla desde hace meses. Respira, traga cuando le ayudan, abre los ojos a ratos. Poco más.

 

Alba había asentido. Estaba acostumbrada a que le entregaran historias resumidas en frases clínicas, como si una vida pudiera archivarse en dos líneas, pero cuando vio al hombre tumbado junto a la ventana sintió una punzada que no tenía nada que ver con el trabajo.

 

Héctor Valdés no parecía un cuerpo. Parecía una ruina noble. Tendría cerca de ochenta años. El cabello, completamente blanco, aún conservaba una densidad orgullosa. Tenía las manos finas, largas, de dedos precisos, manos que no encajaban con aquella inmovilidad. En la mesilla descansaba una fotografía enmarcada: un hombre joven con frac, un  violín bajo la barbilla, inclinado ante un teatro puesto en pie. El mismo rostro, solo que lleno de luz.

 

Instrumentos musicales

 

Alba se acercó despacio, le recolocó la manta y le tocó la mano. Estaba fría.

 

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No sé si me oye, señor Valdés, murmuró. Pero a mí me gustaría pensar que sí.

 

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