Mi hija me dijo que un hombre entraba en nuestra habitación cada noche… y aquella noche decidí fingir que dormía para atraparlo.
Sonia tiene ocho años.
Ocho.
No es una niña propensa a inventar historias sombrías ni a decir cosas solo para llamar la atención. Nunca lo ha sido. Es tranquila, dulce… de esas niñas que todavía creen que, si lo deseas con suficiente fuerza, podrías incluso tomar prestadas las estrellas.
Por eso, cuando lo dijo aquella mañana con una naturalidad escalofriante, sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—Papá… todas las noches entra un hombre en tu habitación… después de que te quedas dormido.
Las manos se me aflojaron sobre el volante.
—¿Qué acabas de decir?
Ella siguió mirando por la ventanilla del coche, observando las calles desfilar camino al colegio, como si estuviera comentando algo tan trivial como el clima.
—Entra muy despacio —continuó—. Mamá cierra los ojos… pero no dice nada.
No había miedo en su voz.
Ni temblor.
Ni dramatismo.
Solo una seguridad serena.
Y fue precisamente eso lo que me congeló la sangre.
—Sonia… —murmuré, haciendo un esfuerzo por sonar calmado—. ¿Por qué dices eso?
Se encogió de hombros, sin apartar la vista de la ventana.
—Porque lo veo.
El resto del trayecto transcurrió en un silencio espeso. El aire dentro del coche se volvió pesado, casi irrespirable. Intenté convencerme de que no era nada.