“Mientras mi esposo me atacaba, su amante gritó: ‘¡Termina con esto! ¡Ese bebé ni siquiera es tuyo!’.-nghia - US Social News

“Mientras mi esposo me atacaba, su amante gritó: ‘¡Termina con esto! ¡Ese bebé ni siquiera es tuyo!’.-nghia

Parte 1

Rodrigo empujó a su esposa embarazada frente a su amante, y el golpe seco contra el piso hizo que toda la casa pareciera quedarse sin aire.

Lucía Villaseñor tenía 7 meses de embarazo y estaba descalza sobre el mármol frío de la sala, en una residencia de Santa Fe que su marido había comprado diciendo que era “para empezar de nuevo”. La casa olía a madera cara, flores frescas y mentira. Afuera, la Ciudad de México seguía viva con sus luces lejanas, pero adentro todo se había quebrado en cuestión de segundos.

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Todo empezó cuando el celular de Rodrigo vibró a las 12:18 de la noche. Lucía solo alcanzó a ver un nombre guardado con una inicial y un corazón. No gritó. No reclamó como en una telenovela. Solo preguntó quién era.

Rodrigo cambió de rostro.

—Ya vas a empezar otra vez con tus celos enfermos.

Lucía se llevó una mano al vientre, como si pudiera cubrir a su hija de aquella voz.

—Solo te pregunté quién te escribe a esta hora.

—No me hables como si fueras mi dueña.

—Rodrigo, estoy embarazada. No quiero pelear.

Él se rió con una crueldad que ella nunca le había escuchado. Luego aventó el celular contra el sillón y se acercó demasiado. Lucía retrocedió. Su espalda tocó la pared. Él golpeó el muro a centímetros de su cabeza y el sonido la hizo cerrar los ojos.

—Desde que estás embarazada te crees intocable.

—Me estás asustando.

—Pues aprende a no provocarme.

Entonces se abrió la puerta del pasillo.

Una mujer apareció con una bata de seda color marfil. No venía de visita. No parecía perdida. Caminaba como si conociera cada rincón de aquella casa. Era Natalia Robles, la consultora que Rodrigo siempre mencionaba como “una amiga del trabajo”. Su cabello estaba perfectamente peinado, sus labios pintados, y sus ojos se clavaron directo en el vientre de Lucía con fastidio.

Lucía sintió que el mundo se inclinaba.

—¿Qué hace ella aquí?

Natalia no bajó la mirada.

—Lo que tú nunca supiste cuidar.

Rodrigo apretó los dientes.

—Cállate, Natalia.

Pero Natalia ya había cruzado una línea que nadie podía devolver.

—No, Rodrigo. Ya estuvo bien. Dile la verdad. Esa casa no era para ella. Era para nosotros.

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