No puedo pagar un veterinario, así que he estado manteniendo con vida a este cachorro por mi cuenta desde el martes. Ahora es domingo. 3:14 de la madrugada. Estoy sentada en el suelo de mi baño con una jeringa, una botella de Pedialyte y un cachorro que pesa menos que mi zapato.
No puedo pagar un veterinario.
Y aun así, aquí sigo.
Es domingo.

Son las 3:14 de la madrugada.
Y estoy sentada en el suelo frío del baño, con la espalda contra la pared, una jeringa en una mano, una botella de Pedialyte en la otra… y un cachorro que pesa menos que mi zapato luchando por no apagarse entre mis piernas.
Desde el martes, mi vida dejó de avanzar normal.
Ya no duermo bien.
Ya no como tranquila.
Ya no pienso en otra cosa que no sea su respiración.
Si sube.
Si baja.
Si se detiene demasiado.
Si vuelve.
Es tan pequeño que da miedo tocarlo.
Tan frágil que cada vez que lo levanto siento que el mundo entero podría romperse con un mal movimiento.
A veces no tiene fuerza ni para llorar.
Solo abre la boca.