Las patas temblando de cansancio.
Había olfateado el pan con una calma extraña, como si no quisiera equivocarse.
Y entre conchas, cuernitos, empanadas y donas glaseadas… eligió justo una sola pieza.
La única dona de vainilla.
La tomó con cuidado entre los dientes y salió corriendo como si supiera que tenía apenas unos segundos antes de que alguien la espantara.
—¡Oye! —gritó Julián por puro reflejo.
Pero la perrita no volteó.
Siguió corriendo entre los puestos, esquivando cajas, bicicletas y charcos, con la dona colgando de la boca como si fuera un tesoro.
Julián dio dos pasos para perseguirla… y de pronto se detuvo.
Algo no encajaba.
De todas las piezas que había ahí, la perrita no tocó ninguna con chocolate.
Ni una.
Y eso le revolvió algo por dentro.
Porque su hija, antes de irse del país, le había repetido mil veces que el chocolate podía matar a un perro.
—No eligió al azar… —murmuró.
Entonces dejó las charolas donde estaban y fue tras ella.
La vio doblar por un callejón angosto detrás del mercado.
Luego meterse entre dos paredes descarapeladas, donde casi nunca entraba nadie porque olía a humedad, basura vieja y abandono.

Julián avanzó despacio.
Escuchó primero un gemido bajito.
Luego otro.
Después varios chillidos débiles, desesperados.

Y cuando asomó la cabeza, sintió un nudo brutal en la garganta.
La perrita no se había robado la dona para comérsela ella.
En el suelo, sobre un montón de cartones mojados, había cuatro cachorritos pegados unos contra otros, flacos, sucios y temblando de hambre.
La madre dejó la dona frente a ellos y empezó a empujarla con el hocico, rompiéndola en pedazos pequeños, como si intentara repartir algo que claramente no alcanzaba para todos.
Julián se quedó inmóvil.
Porque la perrita estaba tan débil que apenas podía mantenerse en pie.
Y aun así, no había probado ni una sola mordida.
Solo los miraba.
Solo insistía.

Solo empujaba la comida hacia ellos mientras su cuerpo se balanceaba de agotamiento.
Entonces uno de los cachorros intentó levantarse… y cayó de lado sin fuerzas.
La perrita soltó un quejido.
Y en ese mismo instante, Julián notó algo peor.
A un lado de los cartones, medio escondida entre la basura, había una cuerda rota atada al cuello de la perrita.
Y pasos acercándose al callejón.