Todos creían que el cachorro subía al triciclo de helados como si fuera un juego…-tuan - US Social News

Todos creían que el cachorro subía al triciclo de helados como si fuera un juego…-tuan

En el barrio San Miguel, la rutina tenía sonidos muy precisos.

El silbido de la panadería al abrir.

La radio vieja del taller de la esquina.

Los gritos de los niños cuando salían de la escuela.

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Y, casi todas las tardes, la campanita del triciclo de helados.

No era una campana elegante.

Ni especialmente fuerte.

Pero alcanzaba para que la gente reconociera de inmediato que don Rubén ya venía doblando por alguna esquina.

Algunos niños corrían tras el sonido.

Otros salían con una moneda apretada en la mano.

Y casi todos sonreían al ver algo que ya se había vuelto parte del paisaje del barrio.

Encima de la caja de los helados iba siempre un perro.

Un perro mestizo, color crema, de orejas pequeñas y pecho ancho.

No se agitaba.

No se movía demasiado.

Iba mirando al frente con una calma extraña, como si no estuviera montado en un triciclo sino cumpliendo una tarea importante.

Se llamaba Cholo.

Y para muchos era solo “el perro del heladero”.

Pero para don Rubén era mucho más que eso.

Rubén tenía sesenta y tres años.

La vida lo había ido doblando sin romperlo del todo.

Sus manos eran gruesas, endurecidas por años de empujar, cargar, reparar, insistir.

Su piel estaba tostada por el sol de muchas temporadas.

Sus ojos oscuros, en cambio, tenían algo más difícil de describir.

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