Era el crepúsculo y caía una ligera llovizna. La señora Rose caminaba despacio por el sendero de tierra, apoyándose en su bastón. Sobre su hombro, llevaba una vieja y desgastada bolsa de tela con algunos papeles y un poco de dinero, apenas suficiente para comprar un panecillo seco. Tenía setenta años, le temblaban las piernas, pero ese día había decidido que tenía que ir. A ver a su hijo Luis, al hijo que había criado con todo su amor y sacrificio.

No había quedado nada para comer en casa durante varios días. El hambre la tenía debilitada. No le quedó más remedio que pedirle dinero prestado a su hijo para comprar comida.
Luis ahora era dueño de una ferretería. Llevaba una vida bastante cómoda: una casa grande, un coche reluciente, todas las comodidades. La señora Rose confiaba en que, por muy ocupado que estuviera, no dejaría que su madre pasara hambre.
Al llegar, se detuvo frente a la gran verja de hierro y tocó el timbre. El sonido de “ting ting” resonó, pero al cabo de un rato, la puerta se abrió. Una joven —la esposa de Luis— la miró de arriba abajo y dijo con voz fría:
—Suegra, ¿qué la trae por aquí?
Doña Rosa sonrió levemente, con la voz temblorosa:
—Hija, vine a verte… y también quería pedirle un pequeño favor a Luis…
Entró sin decir nada y llamó a Luis. Luis salió con el teléfono en la mano, bien vestido.
—Mamá, ¿qué pasa? Estoy muy ocupada.
Doña Rosa dijo tímidamente:
—Hijo… no queda nada para comer en casa… pensé en pedirte algo de dinero prestado… te lo devolveré después…
Luis frunció el ceño y respiró hondo:
—Ay, mamá… Yo también estoy en una situación difícil ahora mismo. Todo mi dinero está invertido en el negocio. Será mejor que te vayas por ahora, ya veremos después.
Los ojos de Doña Rosa se llenaron de lágrimas.
—Hijo, aunque sea un poquito… para comer…
Luis miró a su esposa y, como queriendo dar por terminada la conversación, dijo:
—Vale, toma esta bolsa de arroz. Ahora mismo no tengo dinero. Te la mando más tarde.
Se dirigió al coche, sacó una pequeña bolsa de arroz y se la entregó a su madre, luego la empujó suavemente hacia la puerta y dijo:
—Vete a casa, va a llover más.
Doña Rosa bajó la cabeza, abrazó el saco de arroz contra su pecho e intentó ocultar las lágrimas que le corrían por el rostro. La verja de hierro se cerró tras ella y se quedó sola bajo la lluvia.

De regreso, no culpó a su hijo. Se dijo a sí misma:
“Quizás de verdad esté pasando por un mal momento… Al menos me dio arroz… Eso también es algo…”
Al llegar a casa, dejó la bolsa sobre la mesa. Tenía muchísima hambre y pensó en preparar arroz. En cuanto la abrió, se llevó una gran sorpresa: no solo había arroz… también había un sobre, cuidadosamente sellado.