Subió a la camioneta empapado hasta los huesos. El agua escurría de su cabello oscuro sobre los asientos de cuero blanco, pero Diego ni siquiera lo notó. Su respiración era agitada, errática.
—Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó el chofer, mirándolo por el retrovisor con evidente preocupación.
—Arranca, Raúl. Pero no al corporativo. Síguela. A una distancia prudente, no quiero que se dé cuenta. Quiero saber a dónde va. Quiero saber dónde vive.

El imponente vehículo avanzó a paso de peatón bajo la tormenta, manteniéndose a una cuadra de distancia de la frágil figura de Cecilia. Diego observaba cada uno de sus pasos. Sus pies descalzos pisando los charcos sucios, sus hombros encogidos por el frío, aferrándose al billete de quinientos pesos como si fuera un salvavidas. El trayecto duró casi cuarenta minutos, alejándose del centro pintoresco de San Miguel de Allende y adentrándose en las colonias periféricas, donde las calles adoquinadas daban paso a la terracería y al lodo.
Finalmente, Cecilia se detuvo frente a una pequeña construcción de bloques de cemento sin pintar y techo de lámina. Abrió una puerta de madera desvencijada y desapareció en el interior.
Diego memorizó la dirección, el número borroso pintado con cal en la pared y la miseria que rodeaba el lugar.
—Llama a Arturo —le ordenó a Raúl, refiriéndose a su jefe de seguridad e investigador privado—. Dile que necesito un informe completo sobre esta casa. Quién vive ahí. Nombres, deudas, historial médico. Todo. Para esta misma noche.
La Verdad Oculta en el Lodo
Las siguientes doce horas fueron una tortura. Diego se encerró en su despacho de la mansión, sirviéndose un vaso de whisky que no llegó a beber. Miraba la lluvia golpear los enormes ventanales y en su mente solo se repetía una imagen: el anillo de topacio azul en la mano de una niña que vendía pan descalza.
A las dos de la madrugada, su teléfono vibró. Era el archivo cifrado de Arturo.
Diego abrió el documento con manos temblorosas. La primera página mostraba una fotografía reciente, tomada a escondidas. Era ella. Ximena. Pero estaba tan cambiada que el corazón de Diego se encogió en un puño doloroso. La piel otrora brillante estaba pálida y surcada de líneas prematuras de agotamiento. Estaba extremadamente delgada.
Leyó el informe frenéticamente: Ximena Ortiz. 34 años. Trabaja lavando ropa ajena y limpiando casas. Diagnosticada hace cuatro meses con insuficiencia renal en etapa avanzada. No recibe tratamiento adecuado por falta de recursos. Su hija, Cecilia Ortiz, de 15 años, abandonó la escuela hace un mes para vender pan y pagar los analgésicos de su madre.
No había mención de ningún esposo. No había ningún otro hombre. Cecilia llevaba el apellido de su madre.
Diego sintió que le faltaba el aire. Todo el imperio que había construido, los millones en sus cuentas bancarias, los rascacielos que llevaban su nombre… todo era basura inútil si la mujer que amaba se estaba muriendo de dolor en una choza con techo de lámina, mientras su hija caminaba descalza bajo la tormenta.
La carta. Aquella carta de despedida que Ximena le había dejado dieciséis años atrás, donde decía que no lo amaba, que el hijo que esperaba era un error y que se iba para no arruinarle su “brillante futuro”. Algo no encajaba. Y Diego iba a descubrirlo en ese mismo instante.
El Reencuentro

A las siete de la mañana, la camioneta negra volvió a detenerse frente a la casa de bloques de cemento. La lluvia había cesado, dejando un olor fuerte a tierra mojada. Diego bajó del vehículo solo. Llevaba un abrigo oscuro y en su bolsillo derecho, apretaba con fuerza la caja de un medicamento carísimo para los riñones que había conseguido de madrugada a través de sus contactos.
Llamó a la puerta con los nudillos.
Pasaron unos segundos antes de que se escuchara el rechinar de los goznes oxidados. Cecilia asomó la cabeza. Al ver al hombre elegante del día anterior, sus ojos grandes se abrieron con sorpresa y un atisbo de temor.
—¿Señor? ¿Viene por el cambio de ayer? Le juro que iba a guardarlo, pero mi mamá se puso muy mal en la noche y tuve que comprar…
—No, Cecilia, no vengo por el dinero —la interrumpió Diego con una voz tan suave que contrastaba con su imponente figura—. Vengo a ver a tu mamá.
—Ella no puede levantarse, señor. Está muy enferma.
—Lo sé. Por favor, déjame pasar. Es una cuestión de vida o muerte. Para ella… y para mí.
La niña, tal vez percibiendo la angustia genuina en los ojos del millonario, se hizo a un lado. El interior de la casa era minúsculo. Solo había una estufa pequeña, una mesa coja y, al fondo, separada por una cortina de tela descolorida, una cama.
De detrás de la cortina, surgió una voz débil, rota por la tos. —¿Ceci? ¿Quién es, mi amor?