Su expresión cambió.
No se suavizó.
Solo se tornó más profunda.
—¿Alguien lo echó?
Milo asintió.
Nana Rosa chasqueó la lengua una vez.
La crueldad ya no la sorprendía.
Solo los detalles.
—Apenas puedes alimentarte —dijo.
Milo bajó la mirada hacia el perro.
El perro le devolvió la mirada con ojos cansados y cautelosos.
Entonces Milo respondió con una calma tan sencilla que resultaba más hiriente que cualquier drama.
«Entonces pasaremos hambre juntos».
Por primera vez, Nana Rosa no tuvo respuesta inmediata.
Se hizo a un lado.
—Adelante, entonces.
Milo se metió en su choza.
Llamarla habitación parecía generoso.
En una esquina había una pila de sacos doblados.
Un cubo.
Un espejo roto.
Una sartén oxidada.
Una manta tan fina que parecía un recuerdo.
La luz del sol se filtraba por la pared a través de agujeros del tamaño de clavos.
Pero estaba seco.
Casi.
Y, por ahora, era suyo.
Milo acostó al perro sobre la manta menos sucia.
El golden retriever tembló como si el suave acto de tumbarlo lo confundiera.
Milo salió corriendo, llenó un cuenco de plástico desconchado con agua del grifo comunitario y regresó antes de que alguien pudiera quejarse.
El perro bebió con avidez.
La mitad del cuenco desapareció en segundos.
—Despacio —dijo Milo, como si alguno de los dos supiera cómo hacerlo.
Se arrodilló y empezó a quitarle la basura del pelaje.
Una tira de cinta adhesiva.
Dos vainas espinosas.
Un trozo de alambre enganchado cerca del vientre.
Cuando sus dedos rozaron el cuello quemado por la cuerda, el perro se estremeció.
Milo se apartó al instante.
«Vale. Ahí no».
Trabajó más despacio.
Habló todo el tiempo.
Sobre el mercado.
Sobre el carnicero malvado que les gritaba a los niños.
Sobre la vez que encontró una radio que funcionó durante tres días.
Sobre su madre, aunque no dijo su nombre.
Las palabras surgieron porque el silencio en aquella choza había sido demasiado pesado durante demasiado tiempo.
El perro escuchaba.
O tal vez solo respiraba.
De cualquier manera, Milo se sentía menos solo.
Al atardecer, el perro había comido arroz aguado de una tapa de lata y había levantado la cabeza dos veces sin ayuda.
Eso le pareció enorme.
Milo necesitaba un nombre.
Pensó en Goldie.
Demasiado obvio.
Rey.
Demasiado orgulloso.
Entonces el perro abrió un ojo soñoliento cuando un rayo de luz del atardecer le acarició la cara.
El pelaje brillaba a pesar de la suciedad.
Un pequeño destello dorado en un mundo de óxido y humo.
—Sunny —susurró Milo.
La cola dio un golpecito.
Pequeño.
Débil.
Real.
Milo sonrió.
—Sunny será.
Comenzó a llover al anochecer.
Primero un golpeteo.
Luego una lluvia dispersa.
Luego un fuerte tamborileo que convirtió el techo de hojalata en algo vivo.
El viento se colaba por las rendijas.
El agua encontró viejos puntos de entrada y los abrió de nuevo.
Milo apartó la manta de las goteras.
Sunny gimió en sueños, con las patas temblando.
Pesadillas.
Milo también las conocía.
Se tumbó a su lado y colocó una mano suavemente sobre las costillas del perro.
—Oye —murmuró entre el ruido—. Nadie te va a abandonar otra vez.
Por un rato, el temblor amainó.
Afuera, el barrio marginal se difuminaba bajo el agua de la tormenta y la oscuridad.
Adentro, el niño y el perro respiraban con un ritmo incómodo, casi compartido.
Amaneció gris.
Milo despertó con un calor sofocante bajo la palma de la mano.
Sunny jadeaba.
Demasiado rápido.
Su pata herida parecía hinchada.
El pánico lo invadió tan rápido que casi se atragantó.
No tenía dinero para un veterinario.
Ni siquiera para pan sin tener que buscar comida primero.